AFECTO VS. COMIDA
—¿Consentir o engreír cría un niño
débil?
Pepe Zegarra lo dice con la seguridad de
quien cree haber encontrado la respuesta en su propia historia:
—A mí, me criaron sin abrazos y aquí
estoy. Normal.
Y agrega, como quien pronuncia una
sentencia definitiva:
—Lo importante es que a Raulito no le
falte nada. Tiene techo, comida, colegio y ropa. ¿Qué más necesita?
Quizá esta conversación habría terminado
allí, hace algunas décadas. Muchos padres fueron educados bajo esa lógica:
alimentar era amar, proteger era corregir y abrazar demasiado podía malcriar.
Había que criar hijos fuertes para un mundo que no parecía tener tiempo para la
fragilidad.
En los años cincuenta, el psicólogo
Harry Harlow realizó unos experimentos con crías de monos Rhesus que
terminarían cuestionando esa idea. Les ofreció dos madres artificiales: una de
alambre, con un biberón; la otra, cubierta con una superficie suave, pero sin
alimento.
Las crías eligieron.
Pasaban mucho más tiempo junto a la
madre de tela, especialmente cuando tenían miedo. El experimento ayudó a
demostrar algo fundamental: alimentar no es lo mismo que dar afecto.
Pero, nuestra generación también conoció
el otro extremo.
En los años sesenta se repetía, incluso
en los colegios: «La letra con sangre entra». Nadie se asombraba demasiado si
un profesor corregía con un chicote o una regla. En casa, algunos correazos
podían aparecer ante una rabieta o una desobediencia de Raulito. La autoridad
se construía, muchas veces, desde el miedo.
Hoy, el péndulo parece haberse
desplazado al otro lado. En algunos casos hemos creado niños de cristal: hay
que medir cada palabra y cada corrección porque toda frustración puede
interpretarse como daño psicológico.
Los extremos son peligrosos.
Un niño no necesita golpes para
aprender, pero tampoco crecer creyendo que nadie puede contrariarlo.
A ello, se suma otro cambio profundo: la
tecnología. Antes, padres y profesores eran, en gran medida, dueños del
conocimiento. Saber era poder. El profesor explicaba y el estudiante escuchaba;
el padre sabía y el hijo aprendía.
Hoy, una inteligencia artificial puede
responder en segundos lo que antes exigía largas búsquedas. Pero, muchos padres
y profesores no quieren aprender lo nuevo. Se retrasan, la brecha se agudiza y
los niños, que dominan mejor las herramientas, comienzan a «sacar ventaja».
No porque sepan más de la vida, sino
porque el adulto ha abandonado un territorio que debería acompañar. La
autoridad ya no puede basarse solamente en saber más. Debe aprender,
actualizarse y enseñar a pensar, discernir y utilizar responsablemente la tecnología.
Y aquí aparece nuestra paradoja:
mascotas que reciben peluquerías, spas, cumpleaños y abrazos, mientras algunos
niños van de taller en taller, acompañados, finalmente por una pantalla.
No se trata de querer menos a las
mascotas, sino de preguntarnos si estamos queriendo bien a nuestros hijos.
Entre el niño golpeado y el niño
intocable existe un territorio más humano: límites con afecto, autoridad sin
violencia y adultos dispuestos a seguir aprendiendo.
Porque, ni la comida, ni la tecnología,
ni la inteligencia artificial pueden reemplazar algo esencial:
Tiempo para mirar a un niño a los ojos y
decirle: estoy aquí.
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