domingo, 30 de agosto de 2026

EL CEREBRO TAMBIÉN COME P-14

 EL CEREBRO TAMBIÉN COME



Hace unos días, César Emilio y yo decidimos ir a visitar el pueblo tradicional de Chiguata y dar una, casi tortuosa caminata hacia su mirador. El aire fresco, el ascenso y la belleza del paisaje hicieron que, a pesar del cansancio el hambre creciera con cada paso. De regreso, nos detuvimos en una tradicional picantería arequipeña. Pedimos lo mismo y acompañamos el almuerzo con la clásica mezcla de chicha de guiñapo y cerveza negra. Conversamos, reímos y emprendimos el regreso.

A mí, la bebida le cayó de maravilla. A César Emilio, en cambio, pasó buena parte de la tarde con una incómoda pesadez. ¿Cómo era posible? Habíamos comido exactamente lo mismo.

Escenas parecidas ocurren todos los días alrededor de la mesa familiar. La mamá sirve el mismo almuerzo para todos. Adi queda satisfecha; Carola siente sueño; Magalli termina con acidez y Henry repite el plato, porque parece seguir con hambre. Durante mucho tiempo atribuimos esas diferencias al capricho del estómago. Hoy, sabemos que la explicación puede ser mucho más profunda.

En una reciente entrevista, la Dra. Carmen Amezcua recordó que gran parte de las sustancias químicas relacionadas con el bienestar emocional depende de ese vínculo, hasta amistad que hay entre el intestino y el cerebro. La microbiota, (antes le decíamos la flora intestinal) ese inmenso universo de microorganismos que habita nuestro sistema digestivo, participa en procesos vinculados con la producción de serotonina, dopamina y otros neurotransmisores que influyen en el estado de ánimo, el sueño y la motivación. El cerebro, lejos de trabajar aislado, conversa permanentemente con ese "segundo cerebro" que llevamos en el abdomen.

Hipócrates escribió hace más de dos mil años: "Que tu alimento sea tu medicina y tu medicina sea tu alimento." Hoy, la neurociencia parece añadir una precisión que el viejo médico griego seguramente habría celebrado: no toda medicina sirve para todos; tampoco todo alimento.

Ortega y Gasset afirmaba: "Yo soy yo y mi circunstancia." Quizá esa circunstancia también incluya nuestra genética, nuestra microbiota, nuestra historia biológica y los millones de microorganismos que nos acompañan desde el nacimiento. La naturaleza nunca fabrica dos seres humanos idénticos.

La antropología confirma esa diversidad. Ningún pueblo construyó su alimentación siguiendo una receta universal. Los habitantes de los Andes crecieron con la papa, el maíz y la quinua; los pueblos mediterráneos hicieron del aceite de oliva uno de sus principales aliados; los inuit (esquimales) sobrevivieron durante siglos alimentándose casi exclusivamente de pescado y grasas animales. Cada cultura aprendió a nutrirse según su entorno y, sin saberlo, también según las características de su propia adaptación biológica.

Pero, hagamos una pausa. Vivimos en la época de la sobreinformación. Cada semana aparece una dieta milagrosa, un suplemento revolucionario o un nuevo concepto al que se le antepone el prefijo "neuro", como si esa sola palabra bastara para convertirlo en verdad científica. Neurodieta, neuroalimentos, neurohábitos, neurobebidas... La ciencia no avanza por el prestigio de un nombre, sino por la calidad de las evidencias que lo respaldan.

Las redes sociales han democratizado el acceso al conocimiento, pero también a la desinformación. Nunca fue tan fácil compartir una investigación seria, ni tampoco una interpretación equivocada o una estrategia de mercadeo disfrazada de ciencia. Por eso, además de cuidar nuestra alimentación, necesitamos cultivar el pensamiento crítico. Verificar, constatar, analizar las fuentes y preguntarnos qué evidencia sostiene una afirmación es, hoy más que nunca, una responsabilidad personal.

Precisamente por esa complejidad cobra importancia una disciplina en crecimiento: la psiquiatría nutricional. Psiquiatras y nutriólogos trabajan de manera complementaria para comprender qué necesita cada paciente. Ya no se trata únicamente de tratar la depresión cuando aparece, sino de entender que la alimentación forma parte del cuidado integral de la salud mental. Incluso existen estudios que permiten conocer la composición de la microbiota y orientar una nutrición mucho más personalizada.

Lo que fortalece al Chinito Pepe puede no beneficiar a Coco. Lo que ayuda a Rony quizá no sea lo más conveniente para Robert. Las recetas universales funcionan en los libros de cocina; los seres humanos, en cambio, vienen con instrucciones diferentes.

Quizá, la pregunta ya no sea cuál es la dieta perfecta. La verdadera pregunta es cuál es la alimentación que necesita cada persona para que su cuerpo, su intestino y su cerebro trabajen en armonía. Porque, cuidar la salud mental no comienza únicamente en la mente. Muchas veces empieza, silenciosamente, en el plato que tenemos delante... y en la responsabilidad con la que elegimos qué creer.

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