EL CEREBRO TAMBIÉN COME
Hace
unos días, César Emilio y yo decidimos ir a visitar el pueblo tradicional de
Chiguata y dar una, casi tortuosa caminata hacia su mirador. El aire fresco, el
ascenso y la belleza del paisaje hicieron que, a pesar del cansancio el hambre
creciera con cada paso. De regreso, nos detuvimos en una tradicional picantería
arequipeña. Pedimos lo mismo y acompañamos el almuerzo con la clásica mezcla de
chicha de guiñapo y cerveza negra. Conversamos, reímos y emprendimos el
regreso.
A
mí, la bebida le cayó de maravilla. A César Emilio, en cambio, pasó buena parte
de la tarde con una incómoda pesadez. ¿Cómo era posible? Habíamos comido
exactamente lo mismo.
Escenas
parecidas ocurren todos los días alrededor de la mesa familiar. La mamá sirve
el mismo almuerzo para todos. Adi queda satisfecha; Carola siente sueño; Magalli
termina con acidez y Henry repite el plato, porque parece seguir con hambre.
Durante mucho tiempo atribuimos esas diferencias al capricho del estómago. Hoy,
sabemos que la explicación puede ser mucho más profunda.
En
una reciente entrevista, la Dra. Carmen Amezcua recordó que gran parte de las
sustancias químicas relacionadas con el bienestar emocional depende de ese
vínculo, hasta amistad que hay entre el intestino y el cerebro. La microbiota, (antes
le decíamos la flora intestinal) ese inmenso universo de microorganismos que
habita nuestro sistema digestivo, participa en procesos vinculados con la
producción de serotonina, dopamina y otros neurotransmisores que influyen en el
estado de ánimo, el sueño y la motivación. El cerebro, lejos de trabajar
aislado, conversa permanentemente con ese "segundo cerebro" que
llevamos en el abdomen.
Hipócrates
escribió hace más de dos mil años: "Que tu alimento sea tu medicina y
tu medicina sea tu alimento." Hoy, la neurociencia parece añadir una
precisión que el viejo médico griego seguramente habría celebrado: no toda
medicina sirve para todos; tampoco todo alimento.
Ortega
y Gasset afirmaba: "Yo soy yo y mi circunstancia." Quizá esa
circunstancia también incluya nuestra genética, nuestra microbiota, nuestra
historia biológica y los millones de microorganismos que nos acompañan desde el
nacimiento. La naturaleza nunca fabrica dos seres humanos idénticos.
La
antropología confirma esa diversidad. Ningún pueblo construyó su alimentación
siguiendo una receta universal. Los habitantes de los Andes crecieron con la
papa, el maíz y la quinua; los pueblos mediterráneos hicieron del aceite de
oliva uno de sus principales aliados; los inuit (esquimales) sobrevivieron
durante siglos alimentándose casi exclusivamente de pescado y grasas animales.
Cada cultura aprendió a nutrirse según su entorno y, sin saberlo, también según
las características de su propia adaptación biológica.
Pero,
hagamos una pausa. Vivimos en la época de la sobreinformación. Cada semana
aparece una dieta milagrosa, un suplemento revolucionario o un nuevo concepto
al que se le antepone el prefijo "neuro", como si esa sola palabra
bastara para convertirlo en verdad científica. Neurodieta, neuroalimentos,
neurohábitos, neurobebidas... La ciencia no avanza por el prestigio de un
nombre, sino por la calidad de las evidencias que lo respaldan.
Las
redes sociales han democratizado el acceso al conocimiento, pero también a la
desinformación. Nunca fue tan fácil compartir una investigación seria, ni
tampoco una interpretación equivocada o una estrategia de mercadeo disfrazada
de ciencia. Por eso, además de cuidar nuestra alimentación, necesitamos
cultivar el pensamiento crítico. Verificar, constatar, analizar las fuentes y
preguntarnos qué evidencia sostiene una afirmación es, hoy más que nunca, una
responsabilidad personal.
Precisamente
por esa complejidad cobra importancia una disciplina en crecimiento: la
psiquiatría nutricional. Psiquiatras y nutriólogos trabajan de manera
complementaria para comprender qué necesita cada paciente. Ya no se trata
únicamente de tratar la depresión cuando aparece, sino de entender que la
alimentación forma parte del cuidado integral de la salud mental. Incluso
existen estudios que permiten conocer la composición de la microbiota y
orientar una nutrición mucho más personalizada.
Lo
que fortalece al Chinito Pepe puede no beneficiar a Coco. Lo que ayuda a Rony
quizá no sea lo más conveniente para Robert. Las recetas universales funcionan
en los libros de cocina; los seres humanos, en cambio, vienen con instrucciones
diferentes.
Quizá,
la pregunta ya no sea cuál es la dieta perfecta. La verdadera pregunta es cuál
es la alimentación que necesita cada persona para que su cuerpo, su intestino y
su cerebro trabajen en armonía. Porque, cuidar la salud mental no comienza
únicamente en la mente. Muchas veces empieza, silenciosamente, en el plato que
tenemos delante... y en la responsabilidad con la que elegimos qué creer.
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