UN LENTO QUE SE BAILÓ
Hay recuerdos que no regresan. Uno cree
que los ha perdido, que el tiempo hizo su trabajo y los llevó lentamente hacia
ese lugar donde terminan las cosas que ya no necesitamos. Pero algunas noches,
cuando todo parece estar en silencio, una pequeña fisura se abre en alguna
parte de la memoria y por ella vuelve a entrar lo que creíamos perdido.
No siempre llega entero.
A veces aparece una voz.
Una puerta.
El olor de una habitación.
Una canción que nadie está escuchando.
Una mano.
Eso basta.
La primera vez que comprendí que el
tiempo podía quebrarse tenía algunas decenas de años. No ocurrió mientras
dormía. Tampoco fue necesario cerrar los ojos. Bastó una canción.
Estaba solo, en una habitación
cualquiera, cuando comenzaron a sonar los primeros compases de Bluebird.
No sé de dónde vino la música. Quizá de algún dispositivo encendido en otra
habitación. Quizá de mi memoria. Con los años uno termina confundiendo las dos
cosas.
Entonces sucedió.
La habitación desapareció.
No fue un desvanecimiento gradual. El
presente simplemente dejó de sostenerme. Sentí primero una extraña ligereza en
el cuerpo, como si alguien hubiera retirado de mis hombros los años que llevaba
encima. Después desaparecieron las pequeñas molestias, las precauciones, las
certezas que la edad va acumulando como muebles en una casa. Por un instante no
tuve pasado ni futuro.
Volví a tener dieciocho años.
Y estaba en Raizla.
La música llegaba desde la sala. Había
muchachos, muchachas, risas, humo, vasos que iban y venían de unas manos a
otras. Alguien bailaba con una energía que ya no recuerdo. Alguien gritó algo
que tampoco puedo recuperar.
Pero sí recuerdo el sillón amarillo.
Estaba allí.
Siempre estuvo allí.
O quizá fui yo quien lo puso allí muchos
años después.
No lo sé.
Me quedé mirándolo como se mira a una
persona que ha regresado después de una ausencia demasiado larga.
Entonces la vi.
No sé si estaba realmente allí o si mi
memoria la había convocado.
Tenía quince años.
Yo tenía dieciocho.
Y durante unos segundos ocurrió algo que
todavía me cuesta explicar: los dos estábamos vivos en el mismo tiempo.
Ella no había envejecido.
Yo tampoco.
La música continuaba.
Era Bluebird.
Extendí la mano.
No para tocarla.
Esta vez no.
Simplemente la extendí.
Y ella comenzó a alejarse.
Fue entonces cuando comprendí que quizá
toda mi vida había estado haciendo lo contrario.
Quizá había pasado demasiados años
intentando regresar al lugar donde ella se había ido.
Quizá el recuerdo no me estaba llevando
hacia ella.
Quizá me estaba llevando hacia mí.
Hacia aquel muchacho que todavía no
sabía que algunas personas llegan a nuestra vida para enseñarnos a amar y
otras, mucho después, para enseñarnos a dejarlas libres.
La canción siguió sonando.
El sillón amarillo desapareció.
Raizla desapareció.
Ella también.
Y quedé nuevamente solo, con mis setenta
años, frente a una ventana.
Pero algo había cambiado.
Por primera vez no sentí que había
perdido un recuerdo.
Sentí que el recuerdo me había
encontrado a mí.
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