domingo, 13 de septiembre de 2026

UN LENTO QUE SE BAILÓ

 UN LENTO QUE SE BAILÓ



Hay recuerdos que no regresan. Uno cree que los ha perdido, que el tiempo hizo su trabajo y los llevó lentamente hacia ese lugar donde terminan las cosas que ya no necesitamos. Pero algunas noches, cuando todo parece estar en silencio, una pequeña fisura se abre en alguna parte de la memoria y por ella vuelve a entrar lo que creíamos perdido.

No siempre llega entero.

A veces aparece una voz.

Una puerta.

El olor de una habitación.

Una canción que nadie está escuchando.

Una mano.

Eso basta.

La primera vez que comprendí que el tiempo podía quebrarse tenía algunas decenas de años. No ocurrió mientras dormía. Tampoco fue necesario cerrar los ojos. Bastó una canción.

Estaba solo, en una habitación cualquiera, cuando comenzaron a sonar los primeros compases de Bluebird. No sé de dónde vino la música. Quizá de algún dispositivo encendido en otra habitación. Quizá de mi memoria. Con los años uno termina confundiendo las dos cosas.

Entonces sucedió.

La habitación desapareció.

No fue un desvanecimiento gradual. El presente simplemente dejó de sostenerme. Sentí primero una extraña ligereza en el cuerpo, como si alguien hubiera retirado de mis hombros los años que llevaba encima. Después desaparecieron las pequeñas molestias, las precauciones, las certezas que la edad va acumulando como muebles en una casa. Por un instante no tuve pasado ni futuro.

Volví a tener dieciocho años.

Y estaba en Raizla.

La música llegaba desde la sala. Había muchachos, muchachas, risas, humo, vasos que iban y venían de unas manos a otras. Alguien bailaba con una energía que ya no recuerdo. Alguien gritó algo que tampoco puedo recuperar.

Pero sí recuerdo el sillón amarillo.

Estaba allí.

Siempre estuvo allí.

O quizá fui yo quien lo puso allí muchos años después.

No lo sé.

Me quedé mirándolo como se mira a una persona que ha regresado después de una ausencia demasiado larga.

Entonces la vi.

No sé si estaba realmente allí o si mi memoria la había convocado.

Tenía quince años.

Yo tenía dieciocho.

Y durante unos segundos ocurrió algo que todavía me cuesta explicar: los dos estábamos vivos en el mismo tiempo.

Ella no había envejecido.

Yo tampoco.

La música continuaba.

Era Bluebird.

Extendí la mano.

No para tocarla.

Esta vez no.

Simplemente la extendí.

Y ella comenzó a alejarse.

Fue entonces cuando comprendí que quizá toda mi vida había estado haciendo lo contrario.

Quizá había pasado demasiados años intentando regresar al lugar donde ella se había ido.

Quizá el recuerdo no me estaba llevando hacia ella.

Quizá me estaba llevando hacia mí.

Hacia aquel muchacho que todavía no sabía que algunas personas llegan a nuestra vida para enseñarnos a amar y otras, mucho después, para enseñarnos a dejarlas libres.

La canción siguió sonando.

El sillón amarillo desapareció.

Raizla desapareció.

Ella también.

Y quedé nuevamente solo, con mis setenta años, frente a una ventana.

Pero algo había cambiado.

Por primera vez no sentí que había perdido un recuerdo.

Sentí que el recuerdo me había encontrado a mí.

 

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