jueves, 1 de octubre de 2026

LOS BORDES DEL TIEMPO


***LOS BORDES DEL TIEMPO***





Hay vidas ilusas que se empeñan en avanzar en línea recta, pero la memoria no sabe de cronologías. La memoria es un pasaje, un patio de luz, una aguja sobre el vinilo o un tejado victoriano donde los años no se suceden unos a otros: se superponen, se rozan en los bordes y, de pronto, se encienden.

En 1974, el tiempo parecía medirse en el trayecto de dos autobuses para cruzar la ciudad. Tenía dieciocho años y la urgencia luminosa de quien va al encuentro de un amor primero. Al cruzar la puerta de la Quinta Raizla en Magdalena del Mar, el mundo abría sus brazos entre la elegancia serena de una madre, la música de un salón y el alboroto transparente de unos niños. En esa casa no había prisas ni teorías; había risas, trabalenguas y una fascinación repentina por la portada de un disco de acetato con una palabra gigante y disparatada: supercalifragilisticoespialodoso. Es la inefable tapa de las canciones de la famosa película de Mary Popins.

A esa edad, uno no sabe que está cimentando su destino. Uno cree que solo está intentando agradar, conversar, ser uno mismo. Pero mientras los acordes de Imagine o las melodías de Paul Anka edificaban lazos en el aire, el lenguaje hacía crecer raíces. Las palabras no nacieron en la rigidez de un aula, sino en la soltura del juego, en la libertad con la que aquellos niños tropezaban con los vocablos y los volvían a inventar.

Y entonces, el tiempo da un salto sin pedir permiso.

Casi cincuenta años después, la geografía cambia, pero el centro permanece. Al pisar las calles de Westminster en Londres en 2023 y alzar la mirada hacia las hileras de edificios, aparecen las chimeneas. Cajas de ladrillo y estuco que alguna vez exhalaron el hollín de la Revolución Industrial y presenciaron el sacrificio de los antiguos deshollinadores. Para cualquiera, sería solo un paisaje histórico; para quien guarda una emoción en estado de latencia, es una chispa sobre la madera seca del recuerdo. En un solo segundo, la distancia se colapsa. El humo denso del pasado colectivo y el hollín de los años se disipan en el aire. Las chimeneas grises pierden su peso de piedra y se convierten en un escenario vivo. Ahí, en ese borde donde 1974 y el presente se tocan, ocurre la magia: los niños de aquella quinta en Lima, Carlos, Mónica, Pilar y Roberto salen a saltar de tejado en tejado sobre el cielo de Londres. Juegan con las sombras de una película jamás vista, se ríen entre las cornisas y bailan sobre el aire limpio. La nostalgia deja de ser una herida que lacera para convertirse en una contemplación pura, en la certeza de que nada de lo sentido con intensidad se ha perdido realmente.

La vida no es una línea que se apaga; es una danza de momentos que se buscan. Lo que nació como un viaje de juventud en dos autobuses termina por darle ritmo a toda una vida de escritura. Al final, el tiempo no borra: limpia la atmósfera, ahuyenta el humo y nos devuelve intacto el asombro de estar vivos.

  

EL OTRO CAMBIA, Y NOSOTROS TAMBIÉN (88)

 EL OTRO CAMBIA, Y NOSOTROS TAMBIÉN



—Ya no siento lo mismo.

La frase cayó entre los dos con la violencia silenciosa de aquello que uno nunca quiere escuchar. Se habían amado profundamente. Habían compartido viajes, secretos, noches de conversación e imaginado juntos el futuro. Por eso, él no lograba comprender.

—¿Qué hice mal?, piensa Raúl.

Comenzó a revisar la historia como quien busca una grieta en una pared: una palabra que no debió decir, un olvido, una ausencia, algún momento preciso en que pudo haber empezado el final. Pero, quizá la respuesta no estuviera en lo que hizo.

Quizá Lina, sencillamente, ya no era la misma.

Y él tampoco.

Vivimos aferrados a una ilusión: creemos que las personas permanecen. Reconocemos su rostro, su voz, sus gestos, y suponemos que detrás continúa intacto aquel ser que conocimos. Pero, la vida trabaja silenciosamente sobre nosotros. Una decepción, una pérdida, un viaje, un libro, una conversación, una canción, un amor o una traición pueden modificar nuestra manera de mirar el mundo.

Heráclito decía que nadie entra dos veces en el mismo río. No solo porque el agua continúa corriendo, sino porque quien vuelve tampoco es exactamente el mismo. Podríamos extender su intuición: no encontramos dos veces a la misma persona, ni siquiera cuando volvemos a encontrarnos con nosotros mismos.

La neurociencia lo confirma de manera fascinante. Nuestro cerebro posee plasticidad: cambia con la experiencia. Aprendemos, olvidamos, reinterpretamos. Las vivencias dejan huellas y modifican nuestra manera de percibir y responder. No somos una estatua terminada. Somos una obra que la vida continúa modelando.

Por eso, después de algunos años, cuando Paco y Pepe Velasco se encuentran, descubren que aquella cercanía se ha desvanecido. Ya no tienen los mismos intereses ni las mismas preguntas. En cambio, alguien que apenas conocíamos puede empezar a resultarnos profundamente cercano. Las personas que somos hoy han encontrado un puente que las que fuimos no necesitaban o no sabían construir.

También ocurre con quien viaja, ve otros mundos y regresa al pueblo natal. Las mismas calles empedradas siguen allí, quizá la vieja plaza conserva el mismo nombre. Pero, quien vuelve trae otras experiencias. Ha confrontado ideas, conocido otras vidas, sufrido pérdidas. Mira lo conocido con otros ojos.

Porque, realmente, somos otros.

Pero, el encuentro más desconcertante puede ser el que tenemos frente a nosotros mismos. Abrimos una vieja caja y encontramos fotografías, cartas o un cuaderno escrito décadas atrás. Reconocemos nuestra letra y, sin embargo, sentimos que estamos leyendo a alguien diferente.

—¿Así pensaba yo?

Sí. Lo pensabas. Ese también eras tú.

Somos la suma de distintos «yo»: el niño, el adolescente, el joven que creyó saberlo todo, el adulto que se equivocó, el que tuvo miedo, el que amó y tuvo que levantarse después de caer. Incluso somos los «yo» que se perdieron en el camino: sueños incumplidos, posibilidades abandonadas, caminos que no tomamos.

Pero, ninguno pasó en vano. Cada «yo» entregó algo al siguiente: una ilusión, una herida, una pregunta o una lección. Aquel, que hoy quizá nos avergüenza hizo lo que pudo con lo que sabía y con las circunstancias que tuvo. Sin él, tampoco habríamos llegado hasta aquí.

Por eso no dejemos de tener expectativas. Ni de aprender. Ni de forjarnos.

Podemos cambiar de opinión, descubrir una pasión, tender puentes inesperados y seguir construyendo nuevas versiones de nosotros mismos. Como escribió José Ortega y Gasset, somos también nuestra circunstancia; y nuestras circunstancias nunca dejan de cambiar.

Quizá esa sea la verdadera aventura de vivir: aceptar que llevamos dentro a todos los que fuimos, mientras hacemos espacio para quienes todavía podemos llegar a ser.

Porque somos quienes hemos sido. Pero, mientras tengamos vida, todavía no hemos terminado de ser.

 

LOS BORDES DEL TIEMPO

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