EL OTRO CAMBIA, Y NOSOTROS TAMBIÉN
—Ya no siento lo mismo.
La frase cayó entre los dos con la
violencia silenciosa de aquello que uno nunca quiere escuchar. Se habían amado
profundamente. Habían compartido viajes, secretos, noches de conversación e
imaginado juntos el futuro. Por eso, él no lograba comprender.
—¿Qué hice mal?, piensa Raúl.
Comenzó a revisar la historia como quien
busca una grieta en una pared: una palabra que no debió decir, un olvido, una
ausencia, algún momento preciso en que pudo haber empezado el final. Pero,
quizá la respuesta no estuviera en lo que hizo.
Quizá Lina, sencillamente, ya no era la
misma.
Y él tampoco.
Vivimos aferrados a una ilusión: creemos
que las personas permanecen. Reconocemos su rostro, su voz, sus gestos, y
suponemos que detrás continúa intacto aquel ser que conocimos. Pero, la vida
trabaja silenciosamente sobre nosotros. Una decepción, una pérdida, un viaje,
un libro, una conversación, una canción, un amor o una traición pueden
modificar nuestra manera de mirar el mundo.
Heráclito decía que nadie entra dos
veces en el mismo río. No solo porque el agua continúa corriendo, sino porque
quien vuelve tampoco es exactamente el mismo. Podríamos extender su intuición: no
encontramos dos veces a la misma persona, ni siquiera cuando volvemos a
encontrarnos con nosotros mismos.
La neurociencia lo confirma de manera
fascinante. Nuestro cerebro posee plasticidad: cambia con la experiencia.
Aprendemos, olvidamos, reinterpretamos. Las vivencias dejan huellas y modifican
nuestra manera de percibir y responder. No somos una estatua terminada. Somos
una obra que la vida continúa modelando.
Por eso, después de algunos años, cuando
Paco y Pepe Velasco se encuentran, descubren que aquella cercanía se ha
desvanecido. Ya no tienen los mismos intereses ni las mismas preguntas. En
cambio, alguien que apenas conocíamos puede empezar a resultarnos profundamente
cercano. Las personas que somos hoy han encontrado un puente que las que fuimos
no necesitaban o no sabían construir.
También ocurre con quien viaja, ve otros
mundos y regresa al pueblo natal. Las mismas calles empedradas siguen allí,
quizá la vieja plaza conserva el mismo nombre. Pero, quien vuelve trae otras
experiencias. Ha confrontado ideas, conocido otras vidas, sufrido pérdidas.
Mira lo conocido con otros ojos.
Porque, realmente, somos otros.
Pero, el encuentro más desconcertante
puede ser el que tenemos frente a nosotros mismos. Abrimos una vieja caja y
encontramos fotografías, cartas o un cuaderno escrito décadas atrás.
Reconocemos nuestra letra y, sin embargo, sentimos que estamos leyendo a alguien
diferente.
—¿Así pensaba yo?
Sí. Lo pensabas. Ese también eras tú.
Somos la suma de distintos «yo»: el
niño, el adolescente, el joven que creyó saberlo todo, el adulto que se
equivocó, el que tuvo miedo, el que amó y tuvo que levantarse después de caer.
Incluso somos los «yo» que se perdieron en el camino: sueños incumplidos,
posibilidades abandonadas, caminos que no tomamos.
Pero, ninguno pasó en vano. Cada «yo»
entregó algo al siguiente: una ilusión, una herida, una pregunta o una lección.
Aquel, que hoy quizá nos avergüenza hizo lo que pudo con lo que sabía y con las
circunstancias que tuvo. Sin él, tampoco habríamos llegado hasta aquí.
Por eso no dejemos de tener
expectativas. Ni de aprender. Ni de forjarnos.
Podemos cambiar de opinión, descubrir
una pasión, tender puentes inesperados y seguir construyendo nuevas versiones
de nosotros mismos. Como escribió José Ortega y Gasset, somos también nuestra
circunstancia; y nuestras circunstancias nunca dejan de cambiar.
Quizá esa sea la verdadera aventura de
vivir: aceptar que llevamos dentro a todos los que fuimos, mientras hacemos
espacio para quienes todavía podemos llegar a ser.
Porque somos quienes hemos sido. Pero,
mientras tengamos vida, todavía no hemos terminado de ser.
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