LA VEJEZ ACTIVA
Adolfo pasa buena parte del día sentado
en su mecedora mirando videos en el celular. Espera la hora del lonche y,
después, se echará en la cama para ver su telenovela de las nueve de la noche.
Durante la mañana no ha querido salir. A las justas se asomó al patio.
Su esposa, Patricia, ha dado algunas
vueltas por la casa, mirando qué hacer, pero tampoco encuentra algo que
realmente la entusiasme. Ya no se arreglan para salir. Se sienten cansados y
aburridos.
Y, sin embargo, no siempre fueron así.
Hubo un tiempo en que casi todos los
fines de semana tenían algún compromiso: un cumpleaños, un almuerzo familiar,
una reunión con compañeros de trabajo o una tarde con amigos. Escuchaban
música, conversaban, se reían. Pero, poco a poco comenzaron las excusas.
—¿Dónde vamos a estacionar el carro?
—Está haciendo mucho frío.
—Estoy cansada.
—Mejor nos quedamos.
Y, también apareció una razón dolorosa:
algunos de sus amigos de siempre ya no estaban.
Sin darse cuenta, fueron reduciendo su
mundo. La sala reemplazó a la calle, la mecedora a las caminatas, Netflix ir de
visita y el celular a las conversaciones.
Ese es uno de los peligros: creer que
envejecer significa sentarse a esperar.
Pero, una vejez activa no exige correr
una maratón ni levantar pesas. Cada cuerpo tiene sus posibilidades. Para
algunos será caminar veinte o treinta minutos; para otros, dar una vuelta a la
manzana, subir lentamente algunos escalones o bailar dos canciones. Quien no
pueda caminar puede realizar movimientos sentado: mover brazos y piernas,
levantar suavemente los talones, abrir y cerrar las manos o practicar
ejercicios adecuados a su condición.
No se trata de competir con nadie ni de
demostrar que todavía podemos hacer lo que hacíamos a los treinta años. Se
trata de no renunciar, antes de tiempo, a aquello que todavía podemos hacer.
El movimiento ayuda a conservar fuerza y
movilidad, favorece el funcionamiento cardiovascular y respiratorio y
contribuye al bienestar general. Desde las neurociencias sabemos también que la
actividad física beneficia al cerebro y favorece procesos relacionados con el
estado de ánimo.
Pero, mantenerse activo no es solamente
mover el cuerpo. El cerebro también necesita salir de la mecedora, aunque el
cuerpo no siempre pueda hacerlo.
Patricia podría recuperar el gusto por
arreglarse y visitar a una amiga. Adolfo podría volver a escuchar Have You
Ever Seen the Rain?, aquella balada de rock que bailó con tanto entusiasmo
cuando era joven. Pueden leer juntos unas páginas de una novela, resolver un
crucigrama, jugar dominó, armar un rompecabezas, aprender a usar mejor las
nuevas aplicaciones del celular o llamar a alguien a quien hace tiempo no ven.
Si salir resulta difícil, la vida no
tiene por qué detenerse dentro de cuatro paredes. Se puede escribir una carta,
ordenar fotografías y contar la historia de cada una a los nietos, cultivar una
planta, cocinar una receta olvidada, tejer, pintar, cantar o aprender algo que
siempre quedó pendiente.
El filósofo romano Cicerón reflexionó
sobre la vejez y se negó a considerarla, por sí misma, en una desgracia.
Entendía que, cuando la fuerza física disminuye, permanecen otras riquezas: la
experiencia, el juicio, la capacidad de aconsejar y una mente que todavía puede
seguir aprendiendo.
Quizá, entonces, la pregunta no sea
solamente cuántos años tenemos, sino qué seguimos haciendo con los años que
tenemos.
Porque, no todos podremos hacer lo
mismo. Esa es una realidad. Pero, casi todos podemos encontrar alguna manera de
seguir participando: con el cuerpo que tenemos, con la salud que conservamos y
con las posibilidades que la vida nos permite.
Adolfo y Patricia todavía podrían
comenzar mañana. Quizá, no con un gran viaje ni con una fiesta. Bastaría con
algo sencillo: quitarse el pijama, arreglarse, poner aquella canción que les
devuelve los años jóvenes y los hacía bailar, y decidir salir, aunque solo sea
hasta la esquina.
Los años pasan inevitablemente. Pero, la
verdadera derrota comienza cuando dejamos de buscar, dentro de nuestras
posibilidades, una razón para levantarnos de la mecedora y seguir participando
en la vida.

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