LA
JUVENTUD COMIENZA CUANDO TE PONES EN MARCHA. Deporte, deporte, deporte.
El
aroma del café recién pasado siempre tiene la extraña virtud de despertar
recuerdos. En una mesa del café Bohemia, en las Galerías Gamesa, nos
habíamos reunido cuatro viejos compañeros de universidad: César Emilio, César
Augusto, Jorge y yo. Habían pasado décadas desde aquellos años en que
sobrevivíamos a los exámenes más temidos. Aunque, siendo sinceros, había una
prueba mucho más difícil que cualquier evaluación de la facultad: reunir el
valor suficiente para declararle el amor a aquella compañera que aceleraba el
corazón apenas cruzaba el patio.
Las
carcajadas fueron dando paso a una conversación más serena. Los años,
inevitablemente, comenzaron a sentarse también a la mesa.
—El
médico me ha puesto a dieta por el colesterol y la presión —confesó César
Emilio mientras removía el café.
—Mis
rodillas anuncian el invierno antes que cualquier aplicación del celular
—ironizó César Augusto.
Jorge,
llevándose una mano a la espalda, añadió:
—Cuarenta
años sentado frente a un escritorio tienen memoria... y cobran intereses.
Entonces,
me preguntaron cómo hacía para seguir jugando fulbito y caminar todos los días,
a pocos años de cumplir los setenta.
Sonreí.
La verdad es que el partido comienza mucho antes de que entre a la cancha. La
noche anterior preparo las zapatillas, mi camiseta y la botella de agua.
Mientras acomodo cada cosa, mi imaginación ya está jugando. Me veo haciendo un
pase preciso, esquivando a un rival o celebrando un gol con los amigos.
Curiosamente, la alegría llega antes de comenzar el partido.
La
neurociencia explica que el cerebro comienza a recompensarnos desde el momento
en que decidimos hacer algo que nos hará bien. Incluso quien todavía no ha
empezado a caminar, pero ya tomó la decisión de hacerlo, inició un cambio
silencioso. Se regaló tiempo para sí mismo. Ese sano egoísmo de decir: me
necesito, quiero estar mejor. El cuerpo aún no se mueve, pero la mente ya
emprendió el viaje.
Después,
cuando ya estamos en movimiento, comienza un milagro silencioso. Ni siquiera
nos damos cuenta de que está sucediendo. Nuestro cerebro comenzará a producir
BDNF, una extraordinaria proteína que fortalece las conexiones entre las neuronas
estimula la memoria, mejora el aprendizaje y nos ayuda a mirar la vida con un
mejor estado de ánimo.
Por eso, movernos suele ser un mejor aliado que muchos antidepresivos. Si a esto le sumamos una buena postura corporal, siete u ocho horas de sueño, con seguridad que prolongamos nuestra calidad de vida.
Nos
despedimos sin hablar de récords ni de medallas. Comprendimos que, a esta edad,
el verdadero triunfo no consiste en correr más rápido que los demás, sino en
seguir encontrando motivos para ponerse en marcha. Porque la felicidad, muchas
veces, no está en llegar a la meta, sino en el simple y maravilloso acto de
comenzar a caminar.



