jueves, 15 de enero de 2026

EL ECO FAMILIAR EN LA MESA DEL DOMINGO (51)

El eco familiar en la mesa del domingo

El Eco Familiar en la Mesa del Domingo

Esta mañana, al abrir el periódico de papel y oler su tinta, sentí el abrazo patrimonial de mi padre. Por años cuestioné su costumbre: Lo fastidiaba diciéndole: ‘Para qué, si internet lo actualiza al instante, prácticamente son noticias de ayer’. Hoy, buscando obituarios, comprendí que no compraba noticias, adquiría rituales.

La neurociencia y la epigenética sugieren que heredamos más que rasgos físicos: heredamos arquitecturas de afrontamiento, formas de regular la emoción. Mi padre, pianista, ejecutivo y escritor, enfrentaba el caos con rituales de enfoque: el arte, la escritura, esta lectura pausada. Yo resistí ese patrón, hasta que mi propia mente lo anheló.

Filosóficamente, es el concepto ‘enactivo’ de la cognición: no solo recordamos, sino que ‘re-creamos’ al ausente al repetir sus gestos. La costumbre no es el fantasma; es el puente neural donde su esencia se actualiza. Al principio imitamos por amor; luego, el hábito talla en nosotros un nuevo carácter.

Y ahora, en el silencio dominical, siento una mirada. Es Morgana, mi nieta, observando con esos ojos claros que antes iluminaron a su bisabuelo. Ella me mira doblar la página con cuidado, seguir una columna con el dedo, suspender la lectura en un suspiro. No dice nada. Aprende.

En su mirada curiosa, el ciclo se completa. Mi padre labró, en ella, un amor por las historias. Yo, sin planearlo, enactúo ante ella el mismo ritual de presencia y calma que él me legó. Ella no heredará, quizás, el periódico de papel. Pero, está heredando la postura, el espacio mental, la forma de habitar un momento con atención plena. La costumbre se transmute, pero su esencia—ese refugio consciente frente al ruido del mundo—persiste.

Así, en la mesa, tres generaciones se encuentran. Él, en mi gesto. Yo, en su mirada. Y ella, en el aprendizaje silencioso de que algunas herencias no se llevan en la sangre, sino en el acto sencillo y repetido de crear significado, juntos, en el ahora. La bisnieta observa, y el puente se extiende hacia un futuro que su bisabuelo no verá, pero que su costumbre, curiosamente, ayudará a formar.

jueves, 8 de enero de 2026

LA MIEL Y LA MEMORIA DEL TIEMPO (50)

La miel y la memoria del tiempo

LA MIEL Y LA MEMORIA DEL TIEMPO

Cuando alguien pronuncia la palabra miel, no pienso primero en el frasco sobre la mesa, ni en el ritual del desayuno. Vuelvo, sin pedir permiso, a Cocachacra, a 1965, a la casa de mi amiguito del colegio al que le decíamos “Torata”. Él me aseguró, con la convicción de quien custodia un secreto que, en el árbol frente a su puerta vivía un panal. Yo no le creí. Por eso, me llevó a verlo.

Ahí estaba: la colmena colgaba de una rama pretenciosa, con un color de oro viejo que parecía haber sido pulido por el sol. El zumbido de las abejas no era ruido: era el sonido de una ciudad en pleno funcionamiento, una armonía seductora, ordenada, viva. Para no mortificarlas —así, me dijo Torata— no bajamos el panal. Comimos la miel colgados de la rama, suspendidos entre el miedo y el asombro, como si el árbol nos hubiera concedido una tregua.

Arrancamos pequeños pedazos. La miel brotaba espesa, tibia, todavía con rastros del trabajo incansable de esas “pequeñas gorditas” trabajadoras. La probé. No era solo dulce: tenía una profundidad difícil de explicar, como si contuviera tiempo, sol y paciencia. Hasta hoy, me pregunto por qué nos dejaron hacerlo. ¿Por qué no nos atacaron? ¿Acaso eran amigas de Torata? Tal vez, la amistad —como la miel— tiene un lenguaje que no necesita palabras.

Años después, supe que aquella sensación no era solo poética. La miel es, químicamente, un prodigio del tiempo. Su bajísimo contenido de agua y su acidez natural impiden el crecimiento de bacterias. Las abejas, además, incorporan una enzima —la glucosa oxidasa— que produce pequeñas cantidades de peróxido de hidrógeno, dotándola de propiedades antibacterianas. No es casualidad que frascos de miel hallados en tumbas del Antiguo Egipto sigan siendo comestibles tras miles de años. La miel no se apura: resiste.

Desde la filosofía, Aristóteles observó en las abejas un modelo de comunidad y propósito. Mucho después, Bergson hablaría del tiempo como duración viva. La miel parece confirmarlo: es trabajo acumulado, memoria que no se corrompe, pasado que sigue ofreciendo algo al presente.

Las neurociencias explican por qué este recuerdo persiste con tanta nitidez. El sabor intenso, ligado a la infancia y a la emoción, activa el sistema límbico, donde se anudan memoria y afecto. Por eso, cada vez que pruebo miel, mi cerebro no solo reconoce un gusto: reconstruye una escena entera, con ramas, zumbidos y sol.

Hace pocos días, mi amiga Roxana me invitó un café y lo endulzamos con miel. Fue un placer casi divino. Entendí entonces, que la miel no es solo alimento: es una forma de vínculo. Tal vez, por eso las abejas nos perdonaron aquel atrevimiento infantil. Porque, al final, la amistad —como la miel— también es dulce, se construye con cuidado y, cuando es auténtica, sabe atravesar el tiempo sin perder su esencia.

 

domingo, 4 de enero de 2026

TRES HÁBITOS PERNICIOSOS ANTES DE DORMIR (49)

Tres hábitos perniciosos antes de dormir: dormir no siempre es descansar


TRES HÁBITOS PERNICIOSOS ANTES DE DORMIR

DORMIR NO SIEMPRE ES DESCANSAR

El Flaco Andrés ha tenido un día complicado, como casi todos nosotros. Ha logrado subir al bus lleno de gente, después de esperar un rato. El humor de la gente y el cansancio de ellos se le impregna en la ropa. No ve las horas de estar en su casa, comer e irse a dormir a descansar.

Justo cuando se va a dormir y quiere tener un descanso pleno, él solito comienza a jugar en contra. Es que Andrés tiene tres hábitos perniciosos, que van a impedir, hacer lo que desea, descansar y reparar energías para el día siguiente.

1.- Come con ansias y mucho, a veces cena muy tarde, entonces el cuerpo se dedica a digerir en vez de estar descansando y reparando energías.

2.- Antes de poner a cargar su celular mira la pantalla azul, el color engaña al cerebro y le hace creer que es de día e inhibe la producción de la melatonina y el sueño se le escapa y comienza a dar vueltas como pollo a la brasa, sin poder conciliar el sueño.

3.- Andrés se acuerda que tiene que enviar un WhatsApp y se queda unos minutos revisando trabajos y redes sociales. Eso, hace que su mente se active y siga resolviendo situaciones, en vez de desconectarse y tener un buen descanso.

A estos hábitos se suma otro detalle que parece inofensivo, pero no lo es: el Flaco Andrés duerme con el celular muy cerca, casi al alcance de la mano, sobre la mesa de noche. Aunque no lo esté usando, el solo hecho de tenerlo ahí mantiene al cerebro en estado de alerta, como si algo importante pudiera ocurrir en cualquier momento. El descanso, entonces, deja de ser profundo; se vuelve fragmentado, liviano, insuficiente. El cuerpo no logra entrar del todo en ese silencio reparador que necesita.

Estos malos hábitos no solo le roban horas de sueño, también deterioran la calidad del descanso. Dormir mal afecta la memoria, el estado de ánimo, la concentración y hasta la salud emocional. Al día siguiente, Andrés se levanta cansado, irritable, con la sensación de no haber dormido nada, y el círculo se repite. Dormir no siempre es descansar, y descansar exige, a veces, decisiones pequeñas pero conscientes: cenar con calma, apagar pantallas a tiempo, dejar el celular lejos y permitir que la noche vuelva a ser noche.

El Flaco Andrés tiene que romper estos hábitos si quiere regalarle a su cuerpo y a su mente lo que más reclaman en silencio: noches verdaderamente reparadoras.

 

jueves, 25 de diciembre de 2025

GESTOS Y MEMORIAS DEL CUERPO (48)


Julio pasó años criticando los pequeños rituales de su padre: al sacarse el reloj y sortijas con sumo cuidado y alinearlos en su joyero, en el desayuno cortar con el cuchillo las puntas del plátano y el huevo pasado y hacerlos rodajas para comerlos. “Yo no seré así”, juraba. Pero el tiempo, ese escultor silencioso, hizo su trabajo. Hoy, a sus sesenta, Julio se sorprende a sí mismo repitiendo, con una exactitud que le estremece, aquellos mismos gestos que antes le resultaban tan ajenos. Su padre lleva meses muerto, pero habita en la memoria muscular de su hijo. No es falta de carácter; es la huella profunda del amor, grabada en el sistema nervioso. Heredamos más que rasgos físicos: heredamos formas de habitar el mundo.

Esta herencia somática toma formas aún más misteriosas. En una charla íntima, Rosario, la esposa de Julio, compartió su historia. A los diez años, en plena clase, un frío y dolor insólito la dobló en dos. La llevaron a la enfermería escolar. En ese preciso instante, a kilómetros de distancia, su padre moría en un accidente en los patios del ferrocarril donde trabajaba. Su cuerpo supo lo que su mente ignoraba. No fue un presagio sobrenatural; fue la manifestación extrema de un vínculo invisible. La ciencia llama a esto ‘interocepción exacerbada por el trauma’ o ‘sincronización afectiva’, donde el estrés agudo de un ser querido puede resonar, de modos aún no del todo explicados, en nuestro organismo.

Las anécdotas de Julio y Rosario nos revelan una verdad conmovedora: no somos islas. Estamos tejidos con los hilos de quienes nos precedieron. Los gestos de Julio son un diálogo póstumo con su padre; el dolor súbito de Rosario fue la primera herida del duelo. El cuerpo, en su sabiduría silenciosa, guarda registros que la razón no cataloga. Llevamos fantasmas vivos en nuestros hábitos y en nuestras corazonadas. No son espectros que atormentan, sino presencias que nos recuerdan que el amor y la conexión dejan marcas indelebles, más allá de la muerte. Reconocer estos ecos no nos debilita; nos humaniza, mostrándonos como seres profundamente vinculados, portadores de un legado que se expresa, a veces, en un simple gesto o en un escalofrío inexplicable.




Gestos y memorias del cuerpo


miércoles, 17 de diciembre de 2025

LA BANCA QUE NOS INCOMODA: El misterio de sentarse junto a un desconocido (47)

 https://diarioviral.pe/opinion/la-banca-que-nos-incomoda-el-misterio--49971

LA BANCA QUE NOS INCOMODA: El misterio de sentarse junto a un desconocido



En los parques hay un objeto discreto que casi nadie mira, pero que todos evitamos: la banca. Basta acercarse para notar un comportamiento universal. Si alguien ya está sentado, buscamos el extremo opuesto; si hay otra banca vacía, mejor aún. Esa resistencia silenciosa parece nueva, pero quizá es antigua como el primer tronco en el que un grupo primitivo se sentó a descansar sin bajar la guardia. Sentarse alineados obligaba a mirar al frente y confiar la espalda al otro. No era lo mismo que un círculo, donde la tribu se reconocía con la mirada y el fuego daba un pacto de presencia. La banca moderna conserva esa linealidad ancestral, pero ha perdido el ritual que daba sentido a compartir.

Lo recordé una tarde cualquiera. Me senté en una banca algo cansado, y una señora ocupó el otro extremo. Ambos hicimos el mismo movimiento: un leve encogimiento del cuerpo, como queriendo reducir la invasión involuntaria del espacio ajeno. No hablamos, pero después de unos minutos nuestros ritmos respiratorios se acompasaron sin intención. Como si el cuerpo, más sabio que las costumbres, supiera que la proximidad también regula, también calma.

La antropología sostiene que la distancia interpersonal es un lenguaje, tan claro como la voz; la banca lo altera porque nos coloca cerca, sin código previo. Y el cerebro, fiel al mandato evolutivo, reacciona: la amígdala se activa apenas detecta la presencia del desconocido. Es un aviso antiguo: “Atento”. Pero, la corteza prefrontal, nuestra parte más civilizada, tarda apenas segundos en evaluar que no hay peligro, y entonces baja el pulso, afloja los hombros, devuelve la serenidad. En ese instante, surge una diminuta alianza que no pedimos, pero que ocurre: compartir un espacio sin conflicto.

Quizá, por eso hay tan pocas bancas en los parques modernos. No favorecen el tránsito rápido ni la eficiencia urbana. Son, en el fondo, pequeñas provocaciones: invitan a detenerse, a observar, incluso a convivir con quien no elegimos. Y eso, incomoda a ciudades diseñadas para no conversar.

Sin embargo, pienso que cada banca es un recordatorio de algo esencial. La humanidad no empieza cuando hablamos, sino cuando aceptamos compartir un silencio. Sentarse al lado de un desconocido es un ensayo mínimo de confianza. Una prueba modesta de que, pese a nuestras alertas internas, el otro rara vez es una amenaza. A veces, es solo un compañero fugaz bajo el mismo cielo.

 

jueves, 11 de diciembre de 2025

LAS HOJAS QUE AÚN ME QUEDAN POR ESCRIBIR (46)

LAS HOJAS QUE AÚN ME QUEDAN POR ESCRIBIR

En la escuela primaria hubo un cuaderno que siempre me produjo un leve temblor en las manos: el de caligrafía. A doble línea, exigente, implacable. Había que trazar morisquetas que, en teoría, “soltaban la mano” y nos encaminaban hacia “tener una buena letra”. Una tarde, cuando la campana de salida ya se preparaba para tañer, me faltaba más de media página de aquellas letras “O” entrelazadas. A mí me salían torres altísimas, pulgas diminutas —como decía mi maestro—, carrizos flacos o sandías desbordadas. Y entonces, comenzaba el suplicio: pensaba “no me van a salir” y, como profecía autocumplida, salían peor.

El segundo tormento era el borrador. Cuando lo tenía, dejaba el papel lleno de nubes grises; cuando no, lo había perdido o, peor aún, me lo había comido, distraído entre trompos, bolitas, run run y los mandados que debía hacer. Esa tarde, mientras mis compañeros ya habían salido, yo veía por la ventana cómo las pardelitas emprendían vuelo rumbo al mirador o al techo de la iglesia. Y yo seguía allí, atrapado entre mis monstruosas oes.

En la desesperación, humedecí mi dedo y comencé a frotar la hoja. Salieron pequeños rizos negros, como los “gallinazos” que se desprendían de mis pies al bañarme. Hasta que ¡horror!: apareció un hueco perfecto, un blanco impoluto que dejaba ver la hoja siguiente. ¿Y ahora? En ese instante comprendí que había un límite para borrar, que el afán de corregir también destruye.

Han pasado más de sesenta años desde aquella tarde. Y, en el crepúsculo de mi vida, regresa aquel Chalito de seis años, tembloroso, pidiéndome ayuda. Hoy puedo decirle que no tema: que la vida, como ese cuaderno, siempre ofrece nuevas páginas para equivocarse y seguir escribiendo. Que, no existe infancia sin tachaduras ni adultez sin huecos.

Kierkegaard decía que la vida solo puede entenderse mirando hacia atrás, pero debe vivirse hacia adelante. Y la neurociencia confirma que incluso, ahora el cerebro sigue trazando caminos nuevos, que cada error crea un aprendizaje y cada intento fortalece un circuito. Somos, en el fondo, un cuaderno vivo que se reescribe hasta el último día.

Pero, entonces surge la pregunta inevitable: ¿a mí me quedan todavía hojas? Quisiera creer que sí. Y que, al igual que aquel niño, puedo seguir escribiendo sin miedo a que alguna letra salga torcida. Porque, al final, la página más valiosa es siempre la que aún no se ha llenado.


 

jueves, 4 de diciembre de 2025

TE DEJARON FUERA DEL CHAT (45)

 


TE DEJARON FUERA DEL CHAT

He visto a Juan, amigo de años, quedarse mirando su teléfono con una mezcla de sorpresa y desconsuelo. Sus antiguos compañeros del colegio habían formado un grupo de WhatsApp para recordar anécdotas y organizar un reencuentro. A él, no lo añadieron. No hubo mala intención, quizá solo olvido, pero el efecto fue inmediato: se sintió fuera de una historia que también era suya.

Betsy, en cambio, me confesó que la sacaron del chat familiar. “Dicen que no participaba mucho”, comenta intentando restarle importancia. Sin embargo, el gesto dolió. Hay quienes odian estar en grupos, pero no saben cómo salir de ellos sin generar malestar; otros querrían quedarse, pero no los dejan. En ese vaivén, el mundo digital se mete cada vez más en nuestras emociones, en nuestros hábitos, en la forma en que nos vinculamos.

Podría parecer un asunto menor —una simple omisión en el universo de las pantallas— pero, no lo es. Los grupos virtuales son prolongaciones de la vida afectiva: allí se celebran logros, se comparten penas, se bromea, se discute y, sobre todo, se confirma la pertenencia. Estar o no estar equivale, a veces, a existir o a ser borrado del mapa emocional.

No todos reaccionamos igual. Los jóvenes suelen vivir la exclusión como una herida abierta; los mayores, como una decepción silenciosa. Hay, quienes lo relativizan y siguen su día, y quienes lo sienten como una traición mínima, pero punzante. La psicología explica que el cerebro procesa el rechazo social del mismo modo que el dolor físico. Quizás, por eso duele tanto.

Y, sin embargo, lo digital, aunque parezca impersonal, es profundamente humano. Allí, también nos mostramos, nos ocultamos, buscamos reconocimiento o afecto. Tal vez, no vivimos en dos mundos —virtual y físico—, sino en uno solo que se ha expandido. El segundo no es ajeno: es nuestra creación, nuestra nueva piel.

¿Podremos todos adaptarnos a ella? Quizá depende de la generación. Coexistimos la Silenciosa, los Baby Boomers, la X, los Millennials, los Z y los Alfa. Cada una busca su modo de comunicarse, de pertenecer, de no quedar fuera.

Pero, más allá de la pantalla, sigue latiendo el mismo anhelo: ser mirados, ser escuchados, ser parte. Porque, las verdaderas conversaciones —esas que sanan, que cobijan, que nos devuelven al otro— siguen ocurriendo, todavía, en el territorio cálido del encuentro humano.


LA RECONQUISTA DE LA FRESCURA (P-23)

  La reconquista de la frescura Durante décadas nos convencen de que cumplir años es un ejercicio de acumulación: más compromisos, más pre...