El arte de replegarse: cuando el silencio sabe a sabiduría
A
Paco ya no le seduce la idea de ir a tomar un trago. Las mesas llenas, la bulla
de la clientela; prefiere el silencio fértil de su propia compañía. A Roxana,
que antes jamás se perdía una salida o invitación, hoy le basta una
conversación honda o la calma de su sala. Freddy mira el fútbol con un desapego
sereno, lejos del griterío del estadio al que tanto le gustaba ir, mientras
Luchito apagó el televisor para no regalarle su paz al pánico de los
noticieros. Viéndolos —y viéndome— me pregunto si no estaremos ensayando una
serena “erimisión”: ese repliegue voluntario de la orquesta social que algunos
confunden con cansancio, pero que sabe más bien a sabiduría.
Hay
quienes creen que volverse selectivo es un síntoma de vejez. Craso error. Es,
en realidad, el refinado arte de la economía existencial. En los pasillos de la
antigua Atenas, un lúcido Epicuro ya advertía a sus discípulos que la verdadera
riqueza no consistía en tener muchas invitaciones, sino en podar los
compromisos innecesarios para cultivar el jardín de la tranquilidad. No se
trata de huir del mundo; sino de contemplarlo desde una distancia limpia,
serena y tranquila.
En
el fondo, nuestro cerebro actúa con una lógica similar. En los laboratorios de
la mente descubrieron hace poco lo que los poetas sospechaban desde siempre:
cuando disminuimos el ruido externo, el cerebro no se apaga; enciende una sutil
red por defecto. Es el telar de la introspección, el refugio donde la memoria
reconcilia sus historias y la creatividad encuentra su chispazo. Laura
Carstensen, atenta observadora de la psicología humana, lo explicó con
sencillez: cuando la mente comprende que el tiempo es un bien finito, deja de
acumular gente en la agenda y empieza a exigir sentido en el alma. Roxana no
perdió la energía; solo aprendió a no regalarla a la trivialidad.
Antropológicamente,
el sabio, el observador profundo que era el “chamán” de la tribu siempre
necesitó dar dos pasos atrás del grupo para entender el significado del fuego.
Estar un poco al margen no nos aísla: nos otorga la perspectiva del cronista.
Decidir qué batallas pelear y a qué estruendos renunciar es un gesto de
autoprotección alostática, ese elegante término con que la neurociencia nombra
al simple acto de cuidar los nervios.
Tal
vez por eso este aislamiento no empobrece, sino que afina la mirada. Con el
paso de los años, las canas —esos relámpagos de experiencia— tejen una mente
cada vez más poderosa que, de una u otra manera, deviene inevitablemente hacia
la playa de la soledad. Nos devuelve esa capacidad casi olvidada de saborear
los matices de una tarde cualquiera, de sentir esa brisa que ha jugado con los
sauces, de conversar sin prisa con los pocos que quedan, de escucharlos y
conocerlos más y de leer las líneas invisibles del propio pensamiento sin la
interferencia del estrépito ajeno. Se trata de cambiar el murmullo de la
multitud por la certeza de un abrazo sincero, entendiendo al fin que no nos
falta tiempo, sino ganas de malgastarlo.
Este
retiro voluntario se parece tanto a la marea de Pacasmayo cuando se aleja
mansamente. La masa de agua se retira, sí, pero no para desaparecer, sino para
dejar al descubierto una playa amplia, limpia y llena de conchitas y algas
sobre esa arena que provoca pisarla. ¿Se habrá ido el mar para siempre o
retornará con otro brío? Volverá, no me cabe duda. Pero no como una marejada
turbia que todo lo arrastra, sino como una ola serena, sabia, que solo toca las
orillas que verdaderamente vale la pena mojar.

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