DORMIR NO ES PERDER EL TIEMPO
Charito tuvo que trabajar hasta las tres
de la mañana. Raúl se queda viendo una serie de Netflix hasta las dos. Manuel se
fue de juerga y duerme apenas unas horas.
Al día siguiente los tres tendrán sueño.
Pero no solamente estarán cansados.
Su cerebro también funcionará de otra
manera.
Dormir es mucho más que cerrar los ojos.
Durante el sueño ocurren procesos fundamentales para el aprendizaje, la
memoria, la atención y la regulación emocional. Cuando reducimos demasiado ese
tiempo, esos procesos se alteran.
Primero, se resiente la atención. Charito
en su trabajo lee un informe y tiene que volver sobre el mismo párrafo. Raúl está
con un cliente y pierde el hilo de la conversación. Manuel, al conducir, puede
reaccionar más lentamente ante un imprevisto.
La falta de sueño aumenta esos pequeños
«lapsos» en los que nuestra atención deja de funcionar con la eficiencia
habitual.
También se afecta la memoria.
Podemos aprender durante el día, pero el
sueño participa en la consolidación de aquello que aprendimos. Por eso,
estudiar hasta la madrugada no necesariamente significa aprender más. A veces,
después de estudiar, lo que necesitamos es dormir.
También se debilita el llamado control
ejecutivo: la capacidad de planificar, controlar impulsos, cambiar de
estrategia y tomar decisiones.
Por eso Charito puede cometer errores
que normalmente no cometería, Raúl reaccionar impulsivamente y Manuel perder la
paciencia.
No necesariamente se han vuelto otras
personas.
Están tomando decisiones con un cerebro
cansado.
Y aparece la emoción. Dormir poco puede
hacernos más irritables, impulsivos y menos capaces de poner distancia entre lo
que ocurre y nuestra reacción. Una discusión que normalmente terminaría con un
«dejémoslo ahí» puede convertirse, después de una mala noche, en un problema
mayor.
Hay algo todavía más profundo: durante
el sueño el cerebro no está apagado. Está trabajando de otra manera.
Charito pasa el día aprendiendo y
resolviendo problemas; mientras duerme, su cerebro ayuda a consolidar parte de
esa información.
Raúl termina una jornada cargada de
emociones; durante el sueño, su cerebro participa en el procesamiento y
regulación de esas experiencias.
Manuel aprende algo nuevo; mientras
duerme, su cerebro fortalece las conexiones relacionadas con ese aprendizaje.
Nosotros descansamos, pero el cerebro
continúa trabajando silenciosamente: organiza, consolida, regula y
mantiene.
Por eso, cuando recortamos el sueño, no
estamos simplemente quitando horas a la cama. Estamos quitándole tiempo al
cerebro para hacer aquello que necesita hacer mientras dormimos.
Por eso decir:
—No pasa nada, hoy duermo cuatro horas.
No es exactamente cierto.
Sí pasa algo.
El problema es que podemos
acostumbrarnos subjetivamente al cansancio y no darnos cuenta de cuánto está
disminuyendo nuestro rendimiento.
Y aquí aparece una paradoja
extraordinaria:
podemos estar demasiado cansados para
darnos cuenta de cuánto cansancio tenemos. Por eso dormir no debería ser
considerado el tiempo que queda después de cumplir con todo.
Tal vez sea exactamente al revés.
Dormimos para poder hacer bien aquello
que tendremos que hacer después.
Charito no pierde solamente horas de
sueño. Puede perder atención.
Raúl no pierde solamente horas de cama.
Puede perder memoria y capacidad de concentración.
Manuel no pierde solamente una noche.
Puede levantarse con un cerebro menos preparado para decidir, reaccionar y
controlar sus impulsos.
Entonces la pregunta cambia:
¿Cuánto de nuestro cerebro estamos
dispuestos a sacrificar para tener unas horas más despiertos?
Porque, quizá dormir no sea una
interrupción de nuestra vida.
Quizá sea una de las formas más
importantes de prepararnos para vivirla.

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