El último testigo de Las Retamas
Hay trayectos que no se miden en
kilómetros, sino en la densidad de las ilusiones que se cargan en la maleta. En
1964, mis padres, Chalo Rodríguez Gutti y mi mami Estela Burgos, tomaron a sus
cinco primeros hijos —Henry, Adi, las mellizas Carola y Cecilia, y yo— y
dejaron el sereno puerto de Pacasmayo para adentrarse en la selva de Pucallpa.
A mi padre lo habían ascendido a comisionado de arroz, marcando el inicio de un
periplo que luego los llevaría por Cocachacra y Yurimaguas.
Corría el año 1966 cuando la vida le hizo un guiño definitivo a la familia. Era cerca del mediodía en la calle Libertad de Cocachacra. El sol ya empezaba a hacer de las suyas sobre el valle y el viento traía ese aroma dulzón e inconfundible de los cañaverales. Mi padre estaba sentado en su escritorio de la oficina —esa casa que era local de trabajo por delante y hogar por detrás— cuando sonó el teléfono negro de pared, de aquellos a los que había que darles vueltas a una manivela para comunicarse.
Nicomedes descolgó primero:
—Don Chalo, dicen que va a recibir una
llamada de Lima.
Mi padre se levantó de un salto. Al otro lado de la línea, la voz de doña Marcia le anunciaba la comunicación desde la capital. Papá pensó de inmediato en alguna disposición administrativa de la empresa, alguna orden de rutina. Pero cuando le indicaron que debía viajar lo antes posible a Lima para firmar los documentos de la casa que el Fondo de Empleados le había asignado según su categoría, una luz de alegría súbita iluminó el recinto.
Procesó la información en silencio y, con sutil prudencia, pidió que se lo repitieran. Quería escuchar otra vez las palabras para terminar de creérselo: tenía que ir a la urbanización Los Recaudadores, en Salamanca, a elegir el hogar para los suyos. Al colgar, hizo lo que siempre hacía ante las grandes noticias de la vida: cruzó el umbral hacia la parte posterior de la casa y buscó a mi madre. Se lo contó con la voz contenida y se abrazaron muy fuerte. Sin necesidad de decir palabra, mirándose a los ojos, a ambos se les vino encima el recuerdo de cuando salieron de Pacasmayo hacia Pucallpa casi sin nada, habiéndolo vendido todo para empezar de cero. Hoy la vida les decía que tendrían un techo propio en la capital.
A las pocas horas, mi padre emprendió el viaje. Tuvo que abordar el viejo ómnibus de Cruz del Sur hacia Arequipa en un trayecto de tres a cuatro horas, con sus paradas obligadas en Chucarapi, El Fiscal, San José y El 48 hasta avistar la Ciudad Blanca. Al atardecer, tomó el bus directo a Lima para completar otras veinte horas de ruta.
A sus 36 años, en plena juventud y cargado de osadía, Papá Chalo contemplaba la noche por la ventanilla. Al ritmo del bamboleo del ómnibus, su memoria hilvanaba el pasado: las travesuras de la infancia correteando por las playas de Pacasmayo, la efervescencia de los años mozos y los acordes de ese piano familiar que le abrió puertas e ingresos cuando lo llamaban a tocar en orquestas de la región. Repasó el asombro de conocer la selva y agradeció en silencio a Dios y a su Virgencita de Guadalupe, a quien profesaba una devoción inquebrantable desde niño. Antes de dormitar, ajustó en su mente los planes conversados con Estela: el próximo destino laboral, sin falta, tenía que ser Lima.
A la mañana siguiente desembarcó en la capital. Fue a un hotel, se aseó con esmero, se puso el terno formal y enrumbó decidido a la oficina principal del Fondo. Al cruzar los pasillos, algunos conocidos lo saludaron con extrañeza: «¿Qué hace Chalo por acá?». Cuando le mostraron los planos de las viviendas correspondientes a su categoría, el dilema no se hizo esperar. Le ofrecían dos alternativas: una casa ya terminada en la calle Las Retamas o una ubicada a la espalda, en la calle Las Madreselvas. Frente a esta última no había nada aún, pues pertenecía a una futura etapa de construcción que prometía terrenos de mayor metraje.
Papá dudó. Miró los planos, sopesó los tiempos y la incertidumbre de un proyecto por levantar. ¿Y si la obra se retrasaba? Al no tener a su Estelita al lado para deliberar y compartir el riesgo, optó por la certeza. Prefirió lo seguro, tomó la pluma y firmó por la casa de la calle Las Retamas.
Tardamos unos años en habitarla mientras completábamos el tramo en Yurimaguas, pero en 1971, cuando mi padre decidió trasladarnos definitivamente a la capital, abrimos por primera vez la puerta de dos pisos en Los Recaudadores.
La alegría de aquel día fue un torbellino. Los hermanos irrumpimos con la furia dichosa de la infancia: las pisadas retumbaban sobre el parqué pulido, los ecos subían por las escaleras y las voces celebraban cada rincón.
—¡Mira, acá hay un baño! ¡Acá hay otro!
¡Este va a ser mi dormitorio! —gritaba Henry. Mientras Adita y las mellicitas
correteaban por la sala, comedor y cocina
Yo, ignorando la prudencia, me trepaba
por las rejas de la escalera en un despliegue de piruetas acrobáticas.
—¡Muchacho, ten cuidado! —advertía la
voz serena de mi papá.
Y al fondo, la promesa del juego: un
jardín enorme y verde.
—¡Qué bacán, Henry! ¡Aquí vamos a jugar
pelota!
Y jugamos, vaya si jugamos.
Esa casa vio nacer a nuestra hermana menor, Magalli, completando la banda de los seis. Vio desplegarse la mesa larga de los domingos, donde los ocho nos sentábamos a compartir la vida. Cuando las conversaciones se encendían y las ganas de hablar se atropellaban, mi padre hacía sonar una pequeña campanita de metal para otorgar rigurosos turnos de palabra, mientras mi madre servía aquellos platos cuyos aromas aún puedo oler con solo invocarlos: el arroz con carnes, los tallarines sustanciosos o el humeante espesado.
Esa casa fue refugio, cobijo y el verdadero útero familiar. Por sus salas pasaron y encontraron cobijo hermanos de mi padre y de mi madre, sobrinos y nietos. Todos supieron de las interminables conversaciones, los discursos improvisados, las pasionales discusiones, las risas desbordadas, las parrillas en el jardín y los almuerzos de mesa tendida para la familia y los invitados de cada domingo.
Esa casa fue también una parte medular de nuestra propia identidad. Cuando de muchachos conocíamos a nuevas personas y surgía la inevitable pregunta: «¿Quién eres?» y, a renglón seguido: «¿Dónde vives?», el orgullo se nos desbordaba en el pecho al responder que nuestra casa estaba en Los Recaudadores, en Salamanca.
Aunque gran parte de la vida de mis hermanos transcurrió entre esos muros, la casa tuvo la generosidad de estirarse en el tiempo para albergar nuevas felicidades y abrazar a mi propia familia. Más tarde, al compartir con los míos la noticia de que la venta de la propiedad finalmente se había concretado, nos pusimos a sacar cuentas de nuestra propia historia en ella. Les dije que yo había vivido allí casi la mitad de mi vida. Nelia, mi esposa, hizo sus cálculos y sonrió: «Yo viví la tercera parte de la mía». Mis hijas, Fiorella y Vannia, coincidieron en que pasaron allí más de la mitad de sus vidas. Y entonces Morgana, la bisnieta de papá y mamá, atenta a la conversación, exclamó con un rapto de alegría inusitada teñido de dulce nostalgia: «¡Yo he vivido TODA mi vida en esta casa!». Y tenía razón: sus nueve años cumplidos justamente hoy han transcurrido bajo el amparo de este refugio. En sus risas correteando por el parqué, la casa volvió a rejuvenecer.
Como si el tiempo se negara a cerrar sus
puertas sin antes bendecir a las nuevas raíces, la casa aguardó un último
regalo. Lucas, el pequeño nieto de ocho meses de mi hermano Henry, nació en
Alemania cuando Mami Estela y Papá Chalo ya habían partido. Sin embargo,
retornó al Perú junto a sus padres y ha vivido aquí un par de meses, respirando
la paz de estos muros y recibiendo el eco de aquel amor original. Hasta él, tan
pequeño e inocente, alcanzó a gozar un poquito de esta casa.
Hoy nos encontramos frente al rito inevitable del despojo. Con dos de mis hermanos viviendo fuera de ella, no era posible ni sensato repartirla entre los seis. Además, estábamos cumpliendo un mandato sagrado. Mi padre, con esa sabiduría profunda y preventiva que siempre lo caracterizó, reflexionó alguna vez en vida: «No vaya a ser que mis hijos se peleen por un ladrillo». Desear que la casa se vendiera no fue una renuncia, sino un acto de amor supremo para preservar intacta la hermandad.
La casa será demolida pronto para dar paso a un edificio. No habrá extraños habitando nuestros viejos cuartos; sus paredes caerán de pie, habiendo cumplido su ciclo hasta el último suspiro. Es sobrecogedor ver cómo los muebles van saliendo uno a uno —la vitrina, el juego de sala, el comedor donde mi padre anotaba la fecha exacta de cada logro—. En el centro del salón desierto, solo queda el piano, como el último testigo guardián de nuestros domingos.
Cumplidos los deseos de mi padre —como el de haber esparcido ya sus cenizas en el mar de Pacasmayo, donde todo empezó—, hoy nos reunimos alrededor de una impersonal y reluciente mesa de Notaría. Al mirar a mis hermanos, veo en sus rostros una mezcla de seriedad y tristeza contenida; pero el espejo transparente de la vida me devuelve, intactas, esas caritas felices de niños que fuimos, creciendo al amparo pleno de papá y mamá.
No solo se ha ido una casa de paredes y techos; se va una porción invalorable de nuestras propias vidas. Que les vaya de lo mejor, queridos hermanos. La casa de Las Retamas se derrumbará en el aire, pero la historia de Chalo y Estela queda a salvo para siempre en la memoria de los seis que fuimos uno solo en su jardín.




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