jueves, 29 de octubre de 2026

EL ARTE DE ESTAR EN TODAS PARTES Y NO ESTAR EN NINGUNA (92)

 «El arte de estar en todas partes y no estar en ninguna»

 


Con la taza de café humeante en la mano y el celular en la otra, Armando se acomoda en el escritorio donde su laptop lo aguarda encendida desde temprano. Con esa autosuficiencia de la época, da un sorbo, contempla su entorno y sonríe con íntima satisfacción: «Soy un maestro de la multitarea». Enciende el reproductor de música, la televisión de la sala sigue encendida al fondo y la pantalla del equipo exhibe no menos de ocho pestañas abiertas. Se dispone a continuar el artículo que empezó ayer, redacta apenas dos líneas y, de pronto, una notificación ilumina el teléfono; se engancha en la vorágine de las redes sociales. Vuelve a la laptop, pero la melodía del parlante le trae el recuerdo de un viejo amigo al que busca de inmediato en Instagram. En eso, vibra un mensaje de WhatsApp: contesta, redacta, reenvía un meme, salta a la televisión un titular de última hora y, acto seguido, regresa al teclado. Va brincando de pantalla en pantalla, incansable, sin lograr concluir una sola tarea. Sin embargo, al final del día, suspira convencido de haber avanzado un mundo.

Al observarlo, me descubro haciendo gestos muy similares y no puedo evitar sonreír con cierta pesadumbre. No se trata solo de Armando: somos una legión mundial los que hemos caído rendidos ante esta sutil trampa del pensamiento contemporáneo. Caminamos por la calle esquivando transeúntes con la mirada fija en el chat, cenamos en familia con el televisor encendido y el teléfono al lado del plato, o fingimos escuchar el relato entusiasta de la nieta mientras desplazamos el pulgar por la pantalla. Creemos dominar el tiempo, cuando en verdad es el tiempo el que nos fragmenta.

La ciencia de la mente es categórica al respecto: el cerebro humano no fue diseñado para procesar múltiples tareas complejas de manera simultánea. Está biológicamente esculpido para enfocar toda su luz en un solo punto a la vez. Lo que Armando —y millones de nosotros en el mundo— realiza no es simultaneidad, sino alternancia atencional. Es decir, forzar al foco cognitivo a saltar de un estímulo a otro a velocidades vertiginosas, desgastando la arquitectura del pensamiento.

Ese brinco permanente pasa una factura altísima. Cada cambio de foco consume valiosos recursos de energía mental; el cerebro se fatiga a pasos agigantados y nos volvemos dramáticamente menos competentes en aquello que ejecutamos. Pero lo más gravoso no es la pérdida de eficacia, sino la quiebra afectiva: la atención fragmentada erosiona la empatía. Para escuchar de verdad a quien tenemos enfrente, para validar emocionalmente al amigo, a la esposa o al colega, se requiere presencia absoluta. Cuando dividimos la mirada, el ser humano que nos habla se convierte en un simple ruido de fondo.

No nos engañemos: esta hiperestimulación cotidiana ha terminado por moldear una suerte de TDAH colectivo a escala global. Es el mal silencioso de nuestro siglo. Ya no toleramos una noticia de tres párrafos, adelantamos las escenas de las películas en las plataformas porque la lentitud nos angustia, y nos cuesta un esfuerzo supremo sostener la lectura de un libro o una conversación pausada en la banca del parque. Padecemos una verdadera hambruna de atención plena. Nadie escucha de verdad porque todos están atareados persiguiendo el siguiente destello de las pantallas azules.

Los antiguos estoicos enseñaban que la calidad de nuestra vida depende de la calidad de nuestra atención. Recuperar la pausa no es un lujo del pasado ni un capricho melancólico; es la condición indispensable para pensar con claridad, sentir con profundidad y conectar realmente con los demás. Al final del camino, hacer de todo un poco al mismo tiempo solo nos deja la triste ilusión de haber vivido intensamente, cuando en realidad apenas habremos rozado la superficie de las cosas.


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