martes, 20 de junio de 2023
I – FESTIVAL INTERNACIONAL DE POESÍA VALLENATA
miércoles, 11 de enero de 2023
LA ÚLTIMA CHUPADA DEL MANGO
********** LA ÚLTIMA CHUPADA DEL MANGO *********
orfebre hay que ir girando y sosteniendo lo que resta del mango con las yemas de tres dedos; esto, requiere la experiencia de un experto amante de lo frutos y si son tropicales con mayor razón aún. Suavemente y como si la vida nos fuera en ella activemos la lengua y los incisivos con delicada cadencia arranquemos la pepa de su base y la vamos acomodando de acuerdo con nuestras pretensiones en nuestra ansiosa boca y sigamos libando el dulce licor de su húmeda carnosidad.
viernes, 30 de septiembre de 2022
MARBELLA
Colgaron
una foto en el Facebook, al verla, una explosión neuronal destella en mi
cerebro; allí, donde están los recuerdos que muerden, laceran, rasgan mi
tranquilidad y sosiego. Un antiquísimo sentimiento, latente en su eterna
vivacidad vuelve a correr por mi sangre, viralizándola con ese acuciante dolor que envuelve al sentimiento más
puro y noble que tiene un ser. Mis ojos y todo mi yo se sumergen en la imagen de
aparente soledad que enfría mis latidos, mientras, un aroma del ayer da aliento
al alicaído pulso que está en la lona por este golpe de emoción que llega desde
la bajada de Marbella en Magdalena.
Me veo
joven y ansioso llevando de la mano a ese eterno, bello y delicado amor, voy
dando temerosos pasos para evitar que ella tropiece, mientras, que yo tiemblo
de emoción. Aún, no concibo la idea que ella ya sea mi enamorada, recuerdo
cuando la vi por primera vez, mamá me había mandado a hacer un pago al centro
comercial iba de mala gana, porque, tenía que dejar la comodidad de mi cama.
Cuando, en eso, pasó en su bicicleta, el aire cambió de sentido y yo perdí el
mío. Nunca había visto a alguien tan hermosa, su rostro es divino y su mirada
¡Dios! No puedo describirla, pero, la tengo fija en lo más profundo de mí,
sigue sonriendo en el tiempo de mis recuerdos con esa dulzura e inocencia que
nunca más se volverá a dar. Con su imagen impresa en todo mi ser la volví a ver,
otro día, en el supermercado, estaba en el área de las frutas y como si alguien
me pasara la voz giro la cabeza hacia la izquierda y la vi parada allí, a mi
lado. El destello de su cara y hasta de la gargantilla azul que lleva me sonríe.
Y, solo a mí, se me ocurre jugar con las
chirimoyas que tenía en mis manos. Su suave risa me embarcó en un mar de
emociones que no conocía, pero, cuando cayeron sus pestañas, los mangos rodaron
por el piso. En la siguiente oportunidad estaba lleno de arrestos esperando,
ansioso, una oportunidad, esta llegó algo complicada. Estábamos en la esquina
de la casa de su tía, allí, nos reuníamos una treintena de chicos y muchachas
para jugar y conversar. Ella tenía que regresar a su casa que estaba en otro
barrio y entre toda la muchachada se corrió la voz que estaban buscando un
taxi. Ese, era el momento, me ofrecí a llevar —claro, no tenía siquiera licencia de conducir, tampoco
el permiso de papá para usar su carro; pero tenía todo el atrevimiento de
llevarla conmigo en un impensado paseo, solo con ella, parecía que el cielo me
abría sus puertas— Salí corriendo hasta mi casa,
sabía que a esta hora mi papá estaba haciendo su siesta, como pude subí las
gradas y me acerqué a su dormitorio, sin hacer ruido. Su respiración me avisaba
que estaba bien dormido, gateando me acerqué a su mesa de noche y agarré las
llaves del Volkswagen y de salto en salto ya estaba desenganchando el carro
para avanzar hasta la esquina y, ahí, recién lo
arranqué. Mi alegría se hizo terrible mueca cuando veo a Toño muy seguro
y sonriente junto a su carro, un Malibú rojo, él, también, quería llevarla. Se
armó el revuelo, toda la muchachada hizo bulla y hasta apuestas por ver, cuál
de los dos la llevaría. Tanto, fue el laberinto que salió “Apetita” la abuelita
de ella. La recuerdo clarito, a pesar del tiempo, su rostro lindo y dulce se
puso brava y calló a todos. Salomónicamente, definió el asunto de la siguiente
manera.
—Él la va a llevar, porque, se
ofreció primero —me señaló. Mi corazón estaba por
los cielos.
—Pero, yo voy a ir con ellos —Añadió, las carcajadas fueron el corolario para
tremenda decisión. Subimos al Volkswagen junto a la tía Bichita que, también,
fue con nosotros. Mientras conducía trataba de verla, porque, la sentaron
atrás. Ya en la puerta de su casa conocí a su mami, una señora de porte
aristocrático y de serena belleza, escuchó las explicaciones de Apetita,
mientras, me auscultaba y me agradeció; con su mirada, diría que, casi, me dio
su venia para llegar a la casa. Esta vez, al despedirme de ella nuestras miradas
fueron diferentes, habíamos transitado el mismo sendero, nos estábamos
conociendo y juraría que una alegría diferente pintaba el esbozo de sus
inocentes labios. Emergía un sendero que iba a ser, solo, para los dos. Ya
estaba obscureciendo había que retornar, alcancé a ver el nombre de la quinta
decía con letras en altorrelieve de color blanco “Raizla”. Al regreso, pensaba
en la cara de mi papá cuando no viera estacionado su carro, no podía imaginar
una excusa para explicar, por qué, me llevé su carro, nada importaba, cualquier
castigo sería nada. Yo estaba saboreando la miel del camino que había iniciado
para seguir viéndola y, ese, era otro tema. Había que desplegar todo un plan
logístico para hablar con ella; en su casa no tenían teléfono, entonces, tenía
que llamar a casa de su vecina, esperar a que la llamen y se acerque al
teléfono; mientras, yo rezaba mentalmente que acepte la llamada repasaba por
onceava vez mi discurso. Cuando llegaba el fin de semana, el cielo se volvía
esplendente, porque, iba a verla. Para eso tenía que subir a dos buses de ida y
otros dos de regreso, todo un presupuesto que debía cubrir con mi trabajo de
fin de semana vendía y cargaba los balones de gas para las cocinas. Tenía que
extremar mis movimientos y no romper ninguna de las cuatrocientas
cuarentaicuatro reglas que hay en casa, me quedaría sin permiso para ir tan
lejos —como si el amor supiera de
distancias—, menos, causar las quejas de
alguna de mis hermanitas, no podría molestarlas; eso, podría ser el final de
mis pretendidos anhelos. Fue la época donde no pude resistirme a hacer algún
mandado a mamá —ahora, que lo veo así, fue por
uno de sus encargos que la pude conocer, cosas de la vida, mami, te debo… una
más— No podía dejar de ir a verla,
podría significar el olvido o lo que es peor, otro podría estar cerca de ella.
La bajada
de Marbella, fijo la mirada; es la misma por donde bajé con ella, tomados de la
mano sentí su total confianza; ni siquiera se fijaba por donde pisaba, solo,
seguía mis pasos. Es una bajada de ensueño, el color de la tierra reflejó el
arrebol de una bella faz que, aún, atesoro. Íbamos de la mano, la tenía y no
podía creerlo. Transpira mi mano, me da vergüenza, la llevo hacia las barandas
blancas hechas con pequeños troncos, trémulo la tomo por la cintura; la miel de
sus ojos hace que naufrague en su mirada. La delicadeza de su faz son pétalos
de flores que desnudan su juvenil tersura. La ráfaga del envidioso viento hace
que su hermosa cabellera cubra su rostro, aun así, sus
ojos me miraron, nunca, nadie me miró así.
Un respiro, mientras, las inexistentes gotas de un frío sudor en mi frente
reaparecen. El mundo comienza a girar al revés, no puedo detenerlo los segundos
se hacen suspiros, transpira la emoción y llego, otra vez, a la Quinta Raizla.
Es sábado por la noche fines del mes de primavera, me ha invitado a su fiesta,
conforme avanzo por el pasillo la música trae la efervescencia que nace de un
encuentro en caída detenida. Verla es difuminar el universo, palpitar asido por
la seda de sus pestañas que me aprisionan con su enajenante sublime inocencia.
El embeleso se hace daga y atraviesa mi lozano corazón. Veo su núbil faz
emergiendo entre las brumas del tiempo, es diáspora en todo su esplendor, llora
mi pulso anterior. Extiendo mi mano para bailar el “rock lento”. Su belleza
talla éxtasis de arcano delirio, sus brazos en mi cuello son sutiles caricias
desconocidas, hacen que me vea como el intrépido cazador que ha sido alcanzado
por el vuelo musical. Un pájaro azul rasga guitarra en nuevo son, el roce de su
ala quiebra mi cordura y hunde mi razón. Su sonrisa de cristal es finura que el
pájaro azul tejió con notas de una balada que nos unió, con ritmo lento los
estambres hilaron la trama que oprime y mata. Será tanto el dolor que
desfallecer con pasión es la razón. Desbocados corazones danzan en explosión de
juventud, las notas de acetato acercan respiros, se abrazan los ojos. El vuelo
del pájaro azul urdió estambres de amor. En la penumbra de una expectante
esquina hice la pregunta de rigor ¿Quieres ser mi enamorada? Con su respuesta
comprendí que un 99% de posibilidades lo es todo y es nada. Viví ahogadas y
vacilantes horas, días que eran obscuros desiertos de sentido; todo para que la
luminosidad, su luz, pintara con nuevos colores mi inquieta vida.
La fantasía había nacido y mi corazón la tenía ceñida a mi pasión. Un Cristo
se desbocó por el acantilado de nuestra loca pasión. Destella amor de otro
mundo, las barandas blancas dejan las marcas al sostener su espalda mientras la
abrazo y detienen el impulso de lanzarse al acantilado de nuevas emociones. El
mar ruge, se mueren noventa y nueve soles en anaranjado adiós. Fueron más de veinte cuadras que caminamos para darnos
un beso, pero, qué beso. Me vestí con tu nombre, estuviste en mí como yo en ti.
Mi ser escapó por mis ojos para anidar en tu tierno claustro, dejé de ser yo,
al saber de ti. Moraste en mí y otro fui yo. Al evocar nuestro juvenil beso
brama un mar celoso por aquella caricia que se perdió en la bruma y se insertó
en los microsurcos de un vinilo; una voz recita, imagina, un poema escrito con
pulso audaz en amarillento papel que guarda los garabatos que enloquecieron con
tu mirada. Fue un largo sendero por unos besos que lo fueron todo. Me vestí con
tu nombre, estuviste en mí como yo en ti. La bruma gana mis recuerdos que se
hacen sueños, pero, aún, alcanzo a escuchar.
—No me presiones tan fuerte, no me voy
a ir. —Dijiste, con tu tierna voz. Mi mano
atenazaba la tuya. Al soltarla, me perdí, porque, te fuiste.
Un beso que se hacen miles y que, todavía, los siento en cada evocación;
tu suspiro se estremeció al conocer nueva pasión. El mar se escondió entre los
pliegues del asombro y el vacío se inundó de un naciente amor que se tornó en insondable
océano de pasión. Cayeron las fortalezas de nuestros íntimos mundos, se
abrieron las puertas de la conciencia y nos amistamos con el inconsciente. Dos
mundos se hicieron multiversos. Jamás, volvería a darse algo igual, el momento
se hizo eterno; así como, el pertinaz recuerdo que me busca y asedia. El viejo
sol que tanto vio se acobardó ante los nuevos soles que comenzaron a navegar y
tuvo que declinar. Vivimos nuestro momento, no se necesita más, aunque, lo que
reste de vida no estemos juntos. Separados, tampoco, estaremos.
lunes, 24 de enero de 2022
Del GRAN HOTEL PERÚ al Café Bar "Al PACINO".
Del GRAN HOTEL PERÚ al Café Bar "Al PACINO".
Terminando con los infaltables prolegómenos para la presentación del libro de papá.
Son instantes que se dilatan, pero, con la tranquilidad que dan los pueblos en provincia vamos destejiendo las tramas de innumerables historias que se gestaron en este icónico escenario pacasmayino al ritmo de los sorbos del inefable café. Son tejidos de antiguas y relucientes décadas, algunas de las cuales volverán a tener relevancia cuando se hagan presente, mañana sábado a las cinco de la tarde, nada menos, que en este preciso lugar.
Un silente invitado ha llegado, es nada menos que Al Pacino, con sus inteligentes ojos que le han dado fama internacional se integra a la conversación. Es un mudo parlante que asiente las últimas decisiones, se acomoda y ocupa de una manera muy natural su lugar en la mesa. Y, ya que hablamos de historias y orígenes, sería conveniente esclarecer el de Al Pacino. Él vivía cómodamente en el hogar de una joven pareja que se quería mucho, el engreidazo de la casa, lamentablemente, esta naciente unión se resquebraja y los jóvenes deciden separarse, se reparten sus pertenencias, casi, sin mayores contratiempos. Pero, al llegar al tema de Al Pacino surgen las ácidas diferencias, no se ponen de acuerdo, porque, a Al Pacino no lo podían dividir. Así que, lo dejan abandonado; hasta que su incontenible llanto es escuchado por otro joven que no se resiste a su triste y melancólica mirada y lo lleva a su casa. Ha encontrado un nuevo lugar, el joven lo mima y lo quiere. Pero, no sé, por qué, siempre hay peros en las historias; el joven debe partir, gran problema y
¿Ahora?
El joven (como la gran mayoría de ellos) piensa en su papá y contento por haber encontrado la solución encarga su engreído a papi. Papá corazón extiende sus brazos y fue un amor a primera vista. Tan fuerte fue el impacto que el negocio de papá terminó llamándose como él, Al Pacino.
Parece que esta vez, Al Pacino, encontró su verdadero hogar, ya que los viajeros que llegan de diferentes partes del mundo a este singular Café - Bar no pueden sustraerse del carisma de este noble ser. Así, se fue gestando una nueva historia en un rinconcito de lo que fue el mítico Gran Hotel Perú. Hoy emerge con una nueva prestancia el AL PACINO donde se renuevan amistades y, como no, nuevas historias por contar.
viernes, 4 de junio de 2021
EL SECUESTRO DE MI AMÍGDALA CEREBRAL ante las ELECCIONES
domingo, 2 de mayo de 2021
ÁNGEL URIBE
ÁNGEL URIBE
La tarde tiene esa tersa tranquilidad que es preludio de una vital energía que, solo, será satisfecha cuando emprendamos una indetenible carrera por las empedradas calles cocachacrinas rumbo al espacio, donde no hay imposibles y todo se da. Al lado, el amigo de siempre, Juan Carlos, pregunta con sus grandes y cariñosos ojos.
—Ya sé que
tu jugador favorito es Ángel Uribe, pero, ¿Cuál le sigue? —Mi cabeza es como un hormiguero
de inimaginables ideas que solo a mí se me ocurre, aquí, los colores bailan en
un interminable carnaval de brillos, se dan fabulosos planes, los modifico y los
vuelvo a hacer para emprender un sinfín de aventuras. El entrecejo responde por
mí ¿Cómo se le ocurre a Juan Carlos hacerme esa pregunta? Después, de Ángel
Uribe ¿Puede haber otro jugador? Bueno, él es de Alianza, piensa diferente.
Solo, puede haber un mejor jugador por equipo, nada más, la seguridad de mis
diez años no admite dudas ni interpelaciones.
Ángel Uribe es el guerrero de la pelota, es la
imagen de la epopeya que ristra al gladiador de fulgurante armadura con cara de
nobleza que embellece su alma. Es la saeta que brilla bajo el influjo de los
dioses del Olimpo, salta a la cancha con la prestancia de un elegido, su
velocidad hace que sus marcadores conozcan el número que lleva en la espalda y
lo vean en tardes de gloria, brazos en alto, cuando convierte uno de sus tantos
goles.
En casa papá compra el periódico, La Prensa, espero a que lea para
llevarlo a mi cuarto; ahí sale la foto de Ángel Uribe, la recorto con mucho
cuidado y para que no se arrugue la pongo en mi libro de Gustavo Pons Muzzo, ya
tengo un nuevo recorte, pero, necesito tener más. Kike Cerdeña tiene varias figuritas
de él, seguro, me los vende a una peseta, no importa, ya veré de donde la saco
(del monedero de mi mamá, seguro). Cuánta ilusión en un niño por tener una
figurita del ídolo, aunque, sea de periódico. Cuando juego mi partidazo en la
polvorienta calle, entre piedras y postes voy narrando mi propio partido,
avanzo zigzagueando gritando “va Ángel Uribe con la pelota, driblea a uno, dos,
patea y gol” el ídolo se hace humano y está en mí. ¿Y, mi papá? ¡Pucha! La cosa
es seria.
Hay un resquemor que me ha estado atormentando. ¿Ángel Uribe es tan igual
que mi papá? Bueno, uno es Ángel Uribe y el otro es mi papá, asunto cerrado,
cada uno en su sitio; sin querer había llegado a tener, intuitivamente, una
visión diferente en esa lejana época, me di cuenta que mi mundo era inclusivo.
Si tenía un mejor amigo, eso, no excluía a los demás, y no vi las cosas de
manera lineal, si no, amplia y circular; donde tenía sitio para todos. También,
para los amores, podía querer a una persona sin dejar de amar a otra, eso me
tranquilizó y gustó.
Esa tarde de 1965, iba de la mano de mi padre, mi
primera vez en el Estadio Nacional, para ver el último partido del campeonato
de 1964, la “U” frente Alianza Lima; en las afueras la gente iba en búsqueda de
la puerta de ingreso; en eso, vi a unos señores con unos bastidores rodeados de
varias personas; jalé la mano de mi papá para ver, nos acercamos y allí estaban
las fotos de todos los jugadores del campeonato, me quedé admirado, recitaba
sus nombres conforme los reconocía, era como estar cerquita a ellos. Ya dentro
del estadio el retumbar de mi corazón en mi pequeño pecho, casi, explota cuando
veo salir del túnel al equipo crema; la gente saltó y un solo grito se
escuchó en todo el Perú, fue una emoción sin límites. Ver trotar a los hermanos
José y Jorge Fernández, al enorme Dimas Zegarra y sus blancas rodilleras, al
“Colorao” Cruzado, Zavalita y su toque mágico, a “Pelé” Guzmán fue
indescriptible. En eso, gritos estentóreos, del otro túnel, sale Alianza Lima;
ensordecedores gritos, salen los ágiles victorianos, Víctor “Pitín” Zegarra, un
mago con la pelota; Pedro “Périco” León, todo un peligro, Víctor Rostaing, “Babalú”
Martínez; el casi imbatible Rodolfo Bazán, Lara, De la Vega, y Grimaldo los iba
reconociendo, era como tener a Juan Carlos, a mi lado. La pelota “Merkur” de
cuero comenzó a rodar, cada vez, que Ángel Uribe iba con ella el fútbol tenía
otra sinfonía, sus desplazamientos, bravura para disputar el valor era sinónimo
de su nombre; su cercanía al área rival significaba inminente peligro. Vino un
centro por la derecha y al ver el salto que dio quedé boquiabierto; me
encandiló verlo correr, la fineza de su toque, su “pique” parecía romper,
exquisitamente, alguna ley física; para mí, volaba sobre el césped del “José
Díaz”, tuve el privilegio de ver al “crack” en toda su dimensión. Esa tarde, el clásico lo ganó la “U” 2 -1 y se
proclamó Campeón y el goleador del torneo, Ángel Uribe, con quince anotaciones,
regresamos a Barranco más que felices ¿Qué más podíamos pedir?
Un par de años después, cuando me sentía grande por
estar con mis cinco “pitas” azules, quinto de primaria; al salir al recreo en
mi glorioso Colegio Fiscal 9611, vi que todos los chicos se arremolinaron
alrededor de la pizarra del patio, el profesor Guillén había pegado recortes de
fútbol. La “U” había ganado en cuarentaiocho horas, en la propia Argentina, a
los famosos clubes rioplatenses River Plate y Racing por la Copa Libertadores y
uno de los héroes de aquella mítica jornada había sido Ángel Uribe. Se me
hinchó el pecho y estiré el cuello como el gallo en su corral.
Cuando un ser humano adquiere ribetes de semidiós y
se convierte en héroe de niños de almas cándidas y sencillas, es que, trasunta
niveles de extrema sensibilidad y nobleza; se internaliza y subyacen en
profundas bases neuronales. Con el paso del tiempo, Supermán y otros
superhéroes van a ubicarse en el rincón de la fantasía del adulto, pero, el
adalid de mi infancia y admiración de mi eterna juventud, Angelito Uribe, no se
irá jamás.
Hoy, con algunas décadas que se han detenido en mi
escaso cabello blanco, secuestrado por el Coronavirus, escapo de esta prisión
de miedo para ver correr sobre el verde, al paladín deportivo, con su elegancia
y despliegue inusual; corre por él y por todos los que aprendimos a admirarlo y
quererlo. Vamos Angelito, me pondré de corto para trotar a tu lado, junto a
todos los que sabemos de tu valía como ser humano; aunque, solo te hayamos en
visto en figuritas que las pegamos en el álbum de nuestros corazones.
miércoles, 17 de marzo de 2021
¿LAS FECHAS CONVERSAN?
¿LAS FECHAS CONVERSAN?
El sol entra por la mampara, fustiga, nos
obliga a mover mesa y bancos del comedor de diario en busca de la apacible
sombra para tomar el desayuno con tranquilidad.
—Hace cincuenta años llegamos a esta casa —comenta papá, mientras unta el queso mantecoso cajamarquino al pan francés. No me mira, solo, entrecierra los ojos.
—Ya teníamos tres años en Yurimaguas, tu hermanita Carola, casi se muere.
—¿Te acuerdas? Conversé con tu mami y decidimos que, como sea, pediría mi cambio a Lima. Aproveché que salía de vacaciones y con ustedes, mis cinco hijos, nos fuimos a Lima. No fue fácil, pero, logré que me ubicaron. Pero, nuestra casa estaba alquilada y el inquilino no quería salir, nos debía varios meses de arriendo; tuvimos que pagarle para que dé un adelanto en otra casa y dejara la nuestra. En ese interín tu tía Xenia nos alojó en Santa Cruz.
—Claro que me acuerdo, fue una invasión, el departamento de mi tía era pequeño. Esas vacaciones fueron fabulosas, nos divertimos a más no poder; mis primos eran tres, sus primos tres más, unos cuatro amiguitos y nosotros cinco, éramos una patota jugando a toda hora en el parque, porque, no alcanzábamos todos dentro de la casa. Compraban una enorme bolsa de pan para que alcance para todos. Papá me escucha, pero, sigue con lo suyo.
—Han pasado cincuenta años, qué rápido pasa el tiempo. Era la ilusión de llegar a una meta que nos propusimos; llegar a Lima, para que ustedes tuvieran otro futuro, con más oportunidades; pasaron siete años para terminar con el periplo; lo hicimos, nos dimos cuenta de que comenzaban otros retos. —Los ojos ensoñadores de mi padre reviven su juventud plena, con esa férrea decisión del que todo lo puede, debe estar acordándose de su gordita. Para que no se quede navegando entre sus recuerdos que lo harán zozobrar en nostalgia le digo:
—Qué curioso papi, este dos mil veintiuno, cumplo cuarenta años que salí de esta casa para enrumbar a la Blanca Ciudad. —Ahora, soy yo el que rememora mi viaje en los plateados buses de TEPSA para llegar a Arequipa y comenzar mi propio ciclo. Casi, sin querer pongo el queso a mi pan, sé que no debo comerlo por el tema cardíaco, pero, me ganan las ansias de recordar. Me veo caminando ligerito con mi maletín beige y mi maleta rumbo al hostal Extra, pocas cosas llevo, pero, muchas ilusiones. Un cielo tan limpio que da envidia verlo y un radiante sol que hace bajar la cabeza voy pensando en mi nuevo trabajo, las personas que conoceré y seguro que conoceré lindas chicas. El aire purifica mis pulmones, pero, no mis intenciones con las bellas. Camino con plena libertad ¡Ahí está la madre del cordero! El pensamiento me regresa a la realidad.
—Papi, nunca pensamos que hace un año secuestrarían
nuestra libertad.
—Nos fregaron hijo, a mí, más que a ti. Ya
tengo noventaiuno años y no veo cuando pueda salir y viajar con tranquilidad. —Se
pone triste, no es para menos.
—Pero, viendo el lado bueno del asunto, estamos
más tiempo en familia. Su cara es de ¿crees que me vas a convencer?
—Estás más tiempo con tu bisnieta. —En eso, pasa Morgana por nuestro lado y se me ocurre algo.
—Morganita, tómanos una foto. — Ella tiene tres
años, pero, es hábil con la tecnología y entre risas, poses y morisquetas toma
esta foto. Quién sabe, tal vez, en otras decenas de años ella evoque este momento
y tenga su propia conversación. El sol no declina, se acaba el desayuno, pero,
no las ganas de seguir en la vida.
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