martes, 20 de junio de 2023

I – FESTIVAL INTERNACIONAL DE POESÍA VALLENATA





I – FESTIVAL INTERNACIONAL DE POESÍA VALLENATA
¿Escribir poesía Vallenata?
Cuando recibí la invitación de Arte Poética Latinoamericana y del Ministerio de Cultura de Colombia para crear poesía vallenata y presentar mi poemario “Sediento compás en brisa esquiva” una sensación de vació fui sintiendo. ¿Cómo se escribe poesía vallenata? Del Vallenato lo único que tenía como referencia era a Carlos Vives. Me puse a indagar sobre la ciudad de Valledupar, cuna de la música vallenata, la más popular de Colombia. Abrí un sinnúmero de páginas sobre Valledupar que está en el Caribe colombiano, supe de su fundación española y el importante paso de los juglares vallenatos. Escuchando la música de sus más reconocidos intérpretes fui degustando las andanzas de estos, casi, novelescos compositores y al perderme entre las letras de sus composiciones fui avizorando la portentosa magia que se asentaba en el vibrante palpitar de la belleza de las mujeres y la singular frescura de los galanes que hacen derroche de simpatía en sus míticas parrandas. Los nombres de Sergio Moya, Leandro Díaz, Diómedes Díaz, Rafael Escalona, Hernán Urbina, etc. se me hicieron amigables; grandes contadores de historias con profundas reflexiones filosóficas, amén de una envidiable riqueza melódica. Con todo el material acumulado y la música vallenata cantándome a manera de rumores sus historias candentes con ardientes requiebros en las orillas de los fantásticos ríos que circulan en el departamento del Cesar; así, sin tilde como si fuera una palabra aguda.
Un visionario, Adalin Aldana Mizad, escritor colombiano tuvo la excelente idea de traer a connotados poetas de diversos países para que compongan poemas tomando un verso de las canciones vallenatas más difundidas; de esta manera, se daba inicio a una peculiar incursión literario musical. Así, como yo, veinticinco poetas comenzaron la exploración de la música vallenata para poetizarla y estructurar la primera Antología de poesía Vallenata. Fue una excelente presentación en que ha permitido robustecer el acervo e identidad del vallenato ya no solo en Colombia, sino que, a través de su propuesta ha convertido a los escritores que llegaron a Valledupar -ellos conversaron con los compositores vallenatos, transitaron sus hermosas calles, bailaron sus coquetas melodías internalizando las letras de sus canciones- en auténticos embajadores culturales de la música vallenata y de Valledupar.
Las presentaciones de libros, ponencias, recitales literarios musicales fueron dignas del nutrido público que asistió a la Biblioteca “Rafael Carrillo”, en la Escuela de Bellas Artes, en la Institución Educativa “LOPERENA” en la Plaza de Gobernación y como cierre espectacular se cantó y recitó a orillas del río Guatapurí.
Un sublime encuentro de seres humanos que al son de la guacharaca, tambor y acordeón fueron tejiendo sensibilidades enhebrando la sutileza de los vallenatos y evocando a “Francisco el hombre que venció al diablo…”, bueno, pero, esa es otra historia.

miércoles, 11 de enero de 2023

LA ÚLTIMA CHUPADA DEL MANGO

 ********** LA ÚLTIMA CHUPADA DEL MANGO *********

Comer un mango con las manos y no ensuciase en la apetitosa empresa requiere de arte, estilo y de una pulcra ingestión de este agradable fruto, casi, como hacer una precisa incursión en campo minado. Es una ristra de explosivas sensaciones en boca y golosas emociones que sacuden el cerebro en cada paso de este quirúrgico proceso.
La voluptuosa forma redonda es el primer atractivo, el color amarillo de su encandiladora madurez es embriagador, lo sostengo por la base con cuatro dedos lo giro y quedo enajenado. No me resisto y voy al ataque, hinco mis dientes en la turgente piel del mango debo hacerlo con la sutileza del amante cuando muerde los labios de la amada. Esa primera interacción es vital, de este momento depende que el placer se extienda hasta la última chupada del mango.
—¿Por qué, la última chupada del mango?
Seguimos con el mango, sorber la pulpa del exquisito fruto es como obtener su esencia y sus dulces secretos, el arrobamiento lleva a que sigamos posesionando los incisivos en sus carnes, pero, hay que hacerlo lentamente con la suavidad de la caricia que enerva y estimula al nirvana. Abrazar su fragancia es un paso que no debemos dejar de lado, casi, como libar el aroma del cuello de una amante. Ir comiendo su regia envoltura es como desvestirla de sus pretensiones debe hacerse con singular parsimonia para evitar que su dulce secreto resbale por su piel y se nos escape el placer de saborearla toda. Ahora, que ya hemos disfrutado con más de la mitad de sus rotundas partes hay que proceder con sumo cuidado. Estamos llegando al clímax del deleite, con la precisión del experto

orfebre hay que ir girando y sosteniendo lo que resta del mango con las yemas de tres dedos; esto, requiere la experiencia de un experto amante de lo frutos y si son tropicales con mayor razón aún. Suavemente y como si la vida nos fuera en ella activemos la lengua y los incisivos con delicada cadencia arranquemos la pepa de su base y la vamos acomodando de acuerdo con nuestras pretensiones en nuestra ansiosa boca y sigamos libando el dulce licor de su húmeda carnosidad.
La pepa debe ir rotando por toda nuestra cavidad bucal, paladar, papilas gustativas se abrazan con la tersura del mango sin dejar de seguir enamorados de su aroma. Al final, dejamos caer la pepa a un lado y nos queda la última parte, la base. Debe ser la exitosa culminación de esta intrépida aventura dulce y golosa, hay que preparar al cerebro para el éxtasis final y produzca un verdadero “encore”. El último mordisco al mango es una delectación, casi, divina.
Hay, muy pocas, cosas en la vida que pueden detentar el honor de ser “la última chupada de mango”.

viernes, 30 de septiembre de 2022

 

MARBELLA

Colgaron una foto en el Facebook, al verla, una explosión neuronal destella en mi cerebro; allí, donde están los recuerdos que muerden, laceran, rasgan mi tranquilidad y sosiego. Un antiquísimo sentimiento, latente en su eterna vivacidad vuelve a correr por mi sangre, viralizándola con ese acuciante dolor que envuelve al sentimiento más puro y noble que tiene un ser. Mis ojos y todo mi yo se sumergen en la imagen de aparente soledad que enfría mis latidos, mientras, un aroma del ayer da aliento al alicaído pulso que está en la lona por este golpe de emoción que llega desde la bajada de Marbella en Magdalena.

 


Me veo joven y ansioso llevando de la mano a ese eterno, bello y delicado amor, voy dando temerosos pasos para evitar que ella tropiece, mientras, que yo tiemblo de emoción. Aún, no concibo la idea que ella ya sea mi enamorada, recuerdo cuando la vi por primera vez, mamá me había mandado a hacer un pago al centro comercial iba de mala gana, porque, tenía que dejar la comodidad de mi cama. Cuando, en eso, pasó en su bicicleta, el aire cambió de sentido y yo perdí el mío. Nunca había visto a alguien tan hermosa, su rostro es divino y su mirada ¡Dios! No puedo describirla, pero, la tengo fija en lo más profundo de mí, sigue sonriendo en el tiempo de mis recuerdos con esa dulzura e inocencia que nunca más se volverá a dar. Con su imagen impresa en todo mi ser la volví a ver, otro día, en el supermercado, estaba en el área de las frutas y como si alguien me pasara la voz giro la cabeza hacia la izquierda y la vi parada allí, a mi lado. El destello de su cara y hasta de la gargantilla azul que lleva me sonríe. Y, solo a mí, se me ocurre jugar con las chirimoyas que tenía en mis manos. Su suave risa me embarcó en un mar de emociones que no conocía, pero, cuando cayeron sus pestañas, los mangos rodaron por el piso. En la siguiente oportunidad estaba lleno de arrestos esperando, ansioso, una oportunidad, esta llegó algo complicada. Estábamos en la esquina de la casa de su tía, allí, nos reuníamos una treintena de chicos y muchachas para jugar y conversar. Ella tenía que regresar a su casa que estaba en otro barrio y entre toda la muchachada se corrió la voz que estaban buscando un taxi. Ese, era el momento, me ofrecí a llevar —claro, no tenía siquiera licencia de conducir, tampoco el permiso de papá para usar su carro; pero tenía todo el atrevimiento de llevarla conmigo en un impensado paseo, solo con ella, parecía que el cielo me abría sus puertas— Salí corriendo hasta mi casa, sabía que a esta hora mi papá estaba haciendo su siesta, como pude subí las gradas y me acerqué a su dormitorio, sin hacer ruido. Su respiración me avisaba que estaba bien dormido, gateando me acerqué a su mesa de noche y agarré las llaves del Volkswagen y de salto en salto ya estaba desenganchando el carro para avanzar hasta la esquina y, ahí, recién lo arranqué. Mi alegría se hizo terrible mueca cuando veo a Toño muy seguro y sonriente junto a su carro, un Malibú rojo, él, también, quería llevarla. Se armó el revuelo, toda la muchachada hizo bulla y hasta apuestas por ver, cuál de los dos la llevaría. Tanto, fue el laberinto que salió “Apetita” la abuelita de ella. La recuerdo clarito, a pesar del tiempo, su rostro lindo y dulce se puso brava y calló a todos. Salomónicamente, definió el asunto de la siguiente manera.

—Él la va a llevar, porque, se ofreció primero —me señaló. Mi corazón estaba por los cielos.

—Pero, yo voy a ir con ellos —Añadió, las carcajadas fueron el corolario para tremenda decisión. Subimos al Volkswagen junto a la tía Bichita que, también, fue con nosotros. Mientras conducía trataba de verla, porque, la sentaron atrás. Ya en la puerta de su casa conocí a su mami, una señora de porte aristocrático y de serena belleza, escuchó las explicaciones de Apetita, mientras, me auscultaba y me agradeció; con su mirada, diría que, casi, me dio su venia para llegar a la casa. Esta vez, al despedirme de ella nuestras miradas fueron diferentes, habíamos transitado el mismo sendero, nos estábamos conociendo y juraría que una alegría diferente pintaba el esbozo de sus inocentes labios. Emergía un sendero que iba a ser, solo, para los dos. Ya estaba obscureciendo había que retornar, alcancé a ver el nombre de la quinta decía con letras en altorrelieve de color blanco “Raizla”. Al regreso, pensaba en la cara de mi papá cuando no viera estacionado su carro, no podía imaginar una excusa para explicar, por qué, me llevé su carro, nada importaba, cualquier castigo sería nada. Yo estaba saboreando la miel del camino que había iniciado para seguir viéndola y, ese, era otro tema. Había que desplegar todo un plan logístico para hablar con ella; en su casa no tenían teléfono, entonces, tenía que llamar a casa de su vecina, esperar a que la llamen y se acerque al teléfono; mientras, yo rezaba mentalmente que acepte la llamada repasaba por onceava vez mi discurso. Cuando llegaba el fin de semana, el cielo se volvía esplendente, porque, iba a verla. Para eso tenía que subir a dos buses de ida y otros dos de regreso, todo un presupuesto que debía cubrir con mi trabajo de fin de semana vendía y cargaba los balones de gas para las cocinas. Tenía que extremar mis movimientos y no romper ninguna de las cuatrocientas cuarentaicuatro reglas que hay en casa, me quedaría sin permiso para ir tan lejos —como si el amor supiera de distancias—, menos, causar las quejas de alguna de mis hermanitas, no podría molestarlas; eso, podría ser el final de mis pretendidos anhelos. Fue la época donde no pude resistirme a hacer algún mandado a mamá —ahora, que lo veo así, fue por uno de sus encargos que la pude conocer, cosas de la vida, mami, te debo… una más— No podía dejar de ir a verla, podría significar el olvido o lo que es peor, otro podría estar cerca de ella.

 

La bajada de Marbella, fijo la mirada; es la misma por donde bajé con ella, tomados de la mano sentí su total confianza; ni siquiera se fijaba por donde pisaba, solo, seguía mis pasos. Es una bajada de ensueño, el color de la tierra reflejó el arrebol de una bella faz que, aún, atesoro. Íbamos de la mano, la tenía y no podía creerlo. Transpira mi mano, me da vergüenza, la llevo hacia las barandas blancas hechas con pequeños troncos, trémulo la tomo por la cintura; la miel de sus ojos hace que naufrague en su mirada. La delicadeza de su faz son pétalos de flores que desnudan su juvenil tersura. La ráfaga del envidioso viento hace que su hermosa cabellera cubra su rostro, aun así, sus ojos me miraron, nunca, nadie me miró así.

 

Un respiro, mientras, las inexistentes gotas de un frío sudor en mi frente reaparecen. El mundo comienza a girar al revés, no puedo detenerlo los segundos se hacen suspiros, transpira la emoción y llego, otra vez, a la Quinta Raizla. Es sábado por la noche fines del mes de primavera, me ha invitado a su fiesta, conforme avanzo por el pasillo la música trae la efervescencia que nace de un encuentro en caída detenida. Verla es difuminar el universo, palpitar asido por la seda de sus pestañas que me aprisionan con su enajenante sublime inocencia. El embeleso se hace daga y atraviesa mi lozano corazón. Veo su núbil faz emergiendo entre las brumas del tiempo, es diáspora en todo su esplendor, llora mi pulso anterior. Extiendo mi mano para bailar el “rock lento”. Su belleza talla éxtasis de arcano delirio, sus brazos en mi cuello son sutiles caricias desconocidas, hacen que me vea como el intrépido cazador que ha sido alcanzado por el vuelo musical. Un pájaro azul rasga guitarra en nuevo son, el roce de su ala quiebra mi cordura y hunde mi razón. Su sonrisa de cristal es finura que el pájaro azul tejió con notas de una balada que nos unió, con ritmo lento los estambres hilaron la trama que oprime y mata. Será tanto el dolor que desfallecer con pasión es la razón. Desbocados corazones danzan en explosión de juventud, las notas de acetato acercan respiros, se abrazan los ojos. El vuelo del pájaro azul urdió estambres de amor. En la penumbra de una expectante esquina hice la pregunta de rigor ¿Quieres ser mi enamorada? Con su respuesta comprendí que un 99% de posibilidades lo es todo y es nada. Viví ahogadas y vacilantes horas, días que eran obscuros desiertos de sentido; todo para que la luminosidad, su luz, pintara con nuevos colores mi inquieta vida.

 

La fantasía había nacido y mi corazón la tenía ceñida a mi pasión. Un Cristo se desbocó por el acantilado de nuestra loca pasión. Destella amor de otro mundo, las barandas blancas dejan las marcas al sostener su espalda mientras la abrazo y detienen el impulso de lanzarse al acantilado de nuevas emociones. El mar ruge, se mueren noventa y nueve soles en anaranjado adiós. Fueron más de veinte cuadras que caminamos para darnos un beso, pero, qué beso. Me vestí con tu nombre, estuviste en mí como yo en ti. Mi ser escapó por mis ojos para anidar en tu tierno claustro, dejé de ser yo, al saber de ti. Moraste en mí y otro fui yo. Al evocar nuestro juvenil beso brama un mar celoso por aquella caricia que se perdió en la bruma y se insertó en los microsurcos de un vinilo; una voz recita, imagina, un poema escrito con pulso audaz en amarillento papel que guarda los garabatos que enloquecieron con tu mirada. Fue un largo sendero por unos besos que lo fueron todo. Me vestí con tu nombre, estuviste en mí como yo en ti. La bruma gana mis recuerdos que se hacen sueños, pero, aún, alcanzo a escuchar.

—No me presiones tan fuerte, no me voy a ir. —Dijiste, con tu tierna voz. Mi mano atenazaba la tuya. Al soltarla, me perdí, porque, te fuiste.

 

Un beso que se hacen miles y que, todavía, los siento en cada evocación; tu suspiro se estremeció al conocer nueva pasión. El mar se escondió entre los pliegues del asombro y el vacío se inundó de un naciente amor que se tornó en insondable océano de pasión. Cayeron las fortalezas de nuestros íntimos mundos, se abrieron las puertas de la conciencia y nos amistamos con el inconsciente. Dos mundos se hicieron multiversos. Jamás, volvería a darse algo igual, el momento se hizo eterno; así como, el pertinaz recuerdo que me busca y asedia. El viejo sol que tanto vio se acobardó ante los nuevos soles que comenzaron a navegar y tuvo que declinar. Vivimos nuestro momento, no se necesita más, aunque, lo que reste de vida no estemos juntos. Separados, tampoco, estaremos.


 

 



 

lunes, 24 de enero de 2022

Del GRAN HOTEL PERÚ al Café Bar "Al PACINO".


 Del GRAN HOTEL PERÚ  al Café Bar "Al PACINO".

Terminando con los infaltables prolegómenos para la presentación del libro de papá. 

Son instantes que se dilatan, pero, con la tranquilidad que dan los pueblos en provincia vamos destejiendo las tramas de innumerables historias que se gestaron en este icónico escenario pacasmayino al ritmo de los sorbos del inefable café. Son tejidos de antiguas y relucientes décadas, algunas de las cuales volverán a tener relevancia cuando se hagan presente, mañana sábado a las cinco de la tarde, nada menos, que en este preciso lugar.

Un silente invitado ha llegado, es nada menos que Al Pacino, con sus inteligentes ojos que le han dado fama internacional se integra a la conversación. Es un mudo parlante que asiente las últimas decisiones, se acomoda y ocupa de una manera muy natural su lugar en la mesa. Y, ya que hablamos de historias y orígenes, sería conveniente esclarecer el de Al Pacino. Él vivía cómodamente en el hogar de una joven pareja que se quería mucho, el engreidazo de la casa, lamentablemente, esta naciente unión se resquebraja y los jóvenes deciden separarse, se reparten sus pertenencias, casi, sin mayores contratiempos. Pero, al llegar al tema de Al Pacino surgen las ácidas diferencias, no se ponen de acuerdo, porque, a Al Pacino no lo podían dividir. Así que, lo dejan abandonado; hasta que su incontenible llanto es escuchado por otro joven que no se resiste a su triste y melancólica mirada y lo lleva a su casa.  Ha encontrado un nuevo lugar, el joven lo mima y lo quiere. Pero, no sé, por qué, siempre hay peros en las historias; el joven debe partir, gran problema y 

¿Ahora?

El joven (como la gran mayoría de ellos) piensa en su papá y contento por haber encontrado la solución encarga su engreído a papi. Papá corazón extiende sus brazos y fue un amor a primera vista. Tan fuerte fue el impacto que el negocio de papá terminó llamándose como él, Al Pacino.

Parece que esta vez, Al Pacino, encontró su verdadero hogar, ya que los viajeros que llegan de diferentes partes del mundo a este singular Café - Bar no pueden sustraerse del carisma de este noble ser.  Así, se fue gestando una nueva historia en un rinconcito de lo que fue el mítico Gran Hotel Perú. Hoy emerge con una nueva prestancia el AL PACINO donde se renuevan amistades y, como no, nuevas historias por contar.

viernes, 4 de junio de 2021

EL SECUESTRO DE MI AMÍGDALA CEREBRAL ante las ELECCIONES


La amígdala cerebral es muy importante para nuestra supervivencia, es puramente emocional y reacciona ante cualquier peligro, también, cuando nos gana la IRA, toma como REHÉN al área de la a RAZÓN para actuar instintivamente por CÓLERA o TEMOR. Nuestro discernimiento y razón quedan BLOQUEADOS. Una persona que tenga la razón secuestrada por su amígdala no entenderá RAZONES, solo permitirá el ingreso de información que justifique la posición que ya adoptó, todo lo demás será considerado peligroso, por lo tanto, desechado.
Este fin de semana vamos a tomar una decisión que tendrá una incidencia directa en la vida de nuestro país por varias décadas. No tenemos un aro en la nariz para que nos halen.
Frente a esto:
EVALÚA la situación buscando nuevas fuentes de información no te conformes con lo que dicen, profundiza, filosofa, PIENSA.
ANALIZA y CONTRASTA tú, no lo que otros dicen.
SOPESA la información obtenida, MIRA lo que te rodea y más allá. Luego, decide.
Esta película tiene otros actores que están detrás de cámaras.
¡Cuidado!
Que se trata de la película de la vida y somos los protagonistas, solo, se vive una vez.

domingo, 2 de mayo de 2021

ÁNGEL URIBE

 

ÁNGEL URIBE

 

 


La tarde tiene esa tersa tranquilidad que es preludio de una vital energía que, solo, será satisfecha cuando emprendamos una indetenible carrera por las empedradas calles cocachacrinas rumbo al espacio, donde no hay imposibles y todo se da. Al lado, el amigo de siempre, Juan Carlos, pregunta con sus grandes y cariñosos ojos.

 

—Ya sé que tu jugador favorito es Ángel Uribe, pero, ¿Cuál le sigue? —Mi cabeza es como un hormiguero de inimaginables ideas que solo a mí se me ocurre, aquí, los colores bailan en un interminable carnaval de brillos, se dan fabulosos planes, los modifico y los vuelvo a hacer para emprender un sinfín de aventuras. El entrecejo responde por mí ¿Cómo se le ocurre a Juan Carlos hacerme esa pregunta? Después, de Ángel Uribe ¿Puede haber otro jugador? Bueno, él es de Alianza, piensa diferente. Solo, puede haber un mejor jugador por equipo, nada más, la seguridad de mis diez años no admite dudas ni interpelaciones. 

 

Ángel Uribe es el guerrero de la pelota, es la imagen de la epopeya que ristra al gladiador de fulgurante armadura con cara de nobleza que embellece su alma. Es la saeta que brilla bajo el influjo de los dioses del Olimpo, salta a la cancha con la prestancia de un elegido, su velocidad hace que sus marcadores conozcan el número que lleva en la espalda y lo vean en tardes de gloria, brazos en alto, cuando convierte uno de sus tantos goles. 

 

En casa papá compra el periódico, La Prensa, espero a que lea para llevarlo a mi cuarto; ahí sale la foto de Ángel Uribe, la recorto con mucho cuidado y para que no se arrugue la pongo en mi libro de Gustavo Pons Muzzo, ya tengo un nuevo recorte, pero, necesito tener más. Kike Cerdeña tiene varias figuritas de él, seguro, me los vende a una peseta, no importa, ya veré de donde la saco (del monedero de mi mamá, seguro). Cuánta ilusión en un niño por tener una figurita del ídolo, aunque, sea de periódico. Cuando juego mi partidazo en la polvorienta calle, entre piedras y postes voy narrando mi propio partido, avanzo zigzagueando gritando “va Ángel Uribe con la pelota, driblea a uno, dos, patea y gol” el ídolo se hace humano y está en mí. ¿Y, mi papá? ¡Pucha! La cosa es seria.

Hay un resquemor que me ha estado atormentando. ¿Ángel Uribe es tan igual que mi papá? Bueno, uno es Ángel Uribe y el otro es mi papá, asunto cerrado, cada uno en su sitio; sin querer había llegado a tener, intuitivamente, una visión diferente en esa lejana época, me di cuenta que mi mundo era inclusivo. Si tenía un mejor amigo, eso, no excluía a los demás, y no vi las cosas de manera lineal, si no, amplia y circular; donde tenía sitio para todos. También, para los amores, podía querer a una persona sin dejar de amar a otra, eso me tranquilizó y gustó.

Esa tarde de 1965, iba de la mano de mi padre, mi primera vez en el Estadio Nacional, para ver el último partido del campeonato de 1964, la “U” frente Alianza Lima; en las afueras la gente iba en búsqueda de la puerta de ingreso; en eso, vi a unos señores con unos bastidores rodeados de varias personas; jalé la mano de mi papá para ver, nos acercamos y allí estaban las fotos de todos los jugadores del campeonato, me quedé admirado, recitaba sus nombres conforme los reconocía, era como estar cerquita a ellos. Ya dentro del estadio el retumbar de mi corazón en mi pequeño pecho, casi, explota cuando veo salir del túnel al equipo crema; la gente saltó y un solo grito se escuchó en todo el Perú, fue una emoción sin límites. Ver trotar a los hermanos José y Jorge Fernández, al enorme Dimas Zegarra y sus blancas rodilleras, al “Colorao” Cruzado, Zavalita y su toque mágico, a “Pelé” Guzmán fue indescriptible. En eso, gritos estentóreos, del otro túnel, sale Alianza Lima; ensordecedores gritos, salen los ágiles victorianos, Víctor “Pitín” Zegarra, un mago con la pelota; Pedro “Périco” León, todo un peligro, Víctor Rostaing, “Babalú” Martínez; el casi imbatible Rodolfo Bazán, Lara, De la Vega, y Grimaldo los iba reconociendo, era como tener a Juan Carlos, a mi lado. La pelota “Merkur” de cuero comenzó a rodar, cada vez, que Ángel Uribe iba con ella el fútbol tenía otra sinfonía, sus desplazamientos, bravura para disputar el valor era sinónimo de su nombre; su cercanía al área rival significaba inminente peligro. Vino un centro por la derecha y al ver el salto que dio quedé boquiabierto; me encandiló verlo correr, la fineza de su toque, su “pique” parecía romper, exquisitamente, alguna ley física; para mí, volaba sobre el césped del “José Díaz”, tuve el privilegio de ver al “crack” en toda su dimensión.  Esa tarde, el clásico lo ganó la “U” 2 -1 y se proclamó Campeón y el goleador del torneo, Ángel Uribe, con quince anotaciones, regresamos a Barranco más que felices ¿Qué más podíamos pedir?

 

Un par de años después, cuando me sentía grande por estar con mis cinco “pitas” azules, quinto de primaria; al salir al recreo en mi glorioso Colegio Fiscal 9611, vi que todos los chicos se arremolinaron alrededor de la pizarra del patio, el profesor Guillén había pegado recortes de fútbol. La “U” había ganado en cuarentaiocho horas, en la propia Argentina, a los famosos clubes rioplatenses River Plate y Racing por la Copa Libertadores y uno de los héroes de aquella mítica jornada había sido Ángel Uribe. Se me hinchó el pecho y estiré el cuello como el gallo en su corral.

 

Cuando un ser humano adquiere ribetes de semidiós y se convierte en héroe de niños de almas cándidas y sencillas, es que, trasunta niveles de extrema sensibilidad y nobleza; se internaliza y subyacen en profundas bases neuronales. Con el paso del tiempo, Supermán y otros superhéroes van a ubicarse en el rincón de la fantasía del adulto, pero, el adalid de mi infancia y admiración de mi eterna juventud, Angelito Uribe, no se irá jamás.

 

Hoy, con algunas décadas que se han detenido en mi escaso cabello blanco, secuestrado por el Coronavirus, escapo de esta prisión de miedo para ver correr sobre el verde, al paladín deportivo, con su elegancia y despliegue inusual; corre por él y por todos los que aprendimos a admirarlo y quererlo. Vamos Angelito, me pondré de corto para trotar a tu lado, junto a todos los que sabemos de tu valía como ser humano; aunque, solo te hayamos en visto en figuritas que las pegamos en el álbum de nuestros corazones.

 

miércoles, 17 de marzo de 2021

¿LAS FECHAS CONVERSAN?


 

¿LAS FECHAS CONVERSAN?

 

El sol entra por la mampara, fustiga, nos obliga a mover mesa y bancos del comedor de diario en busca de la apacible sombra para tomar el desayuno con tranquilidad.

—Hace cincuenta años llegamos a esta casa —comenta papá, mientras unta el queso mantecoso cajamarquino al pan francés. No me mira, solo, entrecierra los ojos.

—Ya teníamos tres años en Yurimaguas, tu hermanita Carola, casi se muere.

—¿Te acuerdas? Conversé con tu mami y decidimos que, como sea, pediría mi cambio a Lima. Aproveché que salía de vacaciones y con ustedes, mis cinco hijos, nos fuimos a Lima. No fue fácil, pero, logré que me ubicaron. Pero, nuestra casa estaba alquilada y el inquilino no quería salir, nos debía varios meses de arriendo; tuvimos que pagarle para que dé un adelanto en otra casa y dejara la nuestra. En ese interín tu tía Xenia nos alojó en Santa Cruz.

—Claro que me acuerdo, fue una invasión, el departamento de mi tía era pequeño. Esas vacaciones fueron fabulosas, nos divertimos a más no poder; mis primos eran tres, sus primos tres más, unos cuatro amiguitos y nosotros cinco, éramos una patota jugando a toda hora en el parque, porque, no alcanzábamos todos dentro de la casa. Compraban una enorme bolsa de pan para que alcance para todos. Papá me escucha, pero, sigue con lo suyo.

—Han pasado cincuenta años, qué rápido pasa el tiempo. Era la ilusión de llegar a una meta que nos propusimos; llegar a Lima, para que ustedes tuvieran otro futuro, con más oportunidades; pasaron siete años para terminar con el periplo; lo hicimos, nos dimos cuenta de que comenzaban otros retos. —Los ojos ensoñadores de mi padre reviven su juventud plena, con esa férrea decisión del que todo lo puede, debe estar acordándose de su gordita. Para que no se quede navegando entre sus recuerdos que lo harán zozobrar en nostalgia le digo:

—Qué curioso papi, este dos mil veintiuno, cumplo cuarenta años que salí de esta casa para enrumbar a la Blanca Ciudad. —Ahora, soy yo el que rememora mi viaje en los plateados buses de TEPSA para llegar a Arequipa y comenzar mi propio ciclo. Casi, sin querer pongo el queso a mi pan, sé que no debo comerlo por el tema cardíaco, pero, me ganan las ansias de recordar. Me veo caminando ligerito con mi maletín beige y mi maleta rumbo al hostal Extra, pocas cosas llevo, pero, muchas ilusiones. Un cielo tan limpio que da envidia verlo y un radiante sol que hace bajar la cabeza voy pensando en mi nuevo trabajo, las personas que conoceré y seguro que conoceré lindas chicas. El aire purifica mis pulmones, pero, no mis intenciones con las bellas. Camino con plena libertad ¡Ahí está la madre del cordero! El pensamiento me regresa a la realidad.

—Papi, nunca pensamos que hace un año secuestrarían nuestra libertad.

—Nos fregaron hijo, a mí, más que a ti. Ya tengo noventaiuno años y no veo cuando pueda salir y viajar con tranquilidad. —Se pone triste, no es para menos.

—Pero, viendo el lado bueno del asunto, estamos más tiempo en familia. ­Su cara es de ¿crees que me vas a convencer?

—Estás más tiempo con tu bisnieta. —En eso, pasa Morgana por nuestro lado y se me ocurre algo.

—Morganita, tómanos una foto. — Ella tiene tres años, pero, es hábil con la tecnología y entre risas, poses y morisquetas toma esta foto. Quién sabe, tal vez, en otras decenas de años ella evoque este momento y tenga su propia conversación. El sol no declina, se acaba el desayuno, pero, no las ganas de seguir en la vida.

 

 

 

EL ARTE DE ESTAR EN TODAS PARTES Y NO ESTAR EN NINGUNA (92)

  «El arte de estar en todas partes y no estar en ninguna»   Con la taza de café humeante en la mano y el celular en la otra, Armando se...